Esteban (de @la_carne_de_eva)


UN RELATO DE CASASECA

Hace un mes que Esteban no siente las frías baldosas del orfanato bajo sus pies de niño abandonado. Un mes que la viga central del dormitorio se vino abajo y lo soldó al lecho que ahora bebe sus lágrimas.

Sor Patricia, la monja que lo encontró, viene a verlo todas las tardes. Y él intenta no parecer triste mientras dura la visita, por eso aprovecha las mañanas para llorar.

La hermana siempre le habla de los santos que a él más le gustan. Job se ha convertido en su preferido. Esteban se obliga a creer que, como ocurrió con el santo, todo es una prueba, y que su vida volverá a ser como antes o mejor cuando el cáliz haya pasado.

orfanatoCada pocos minutos Esteban trata de mover la parte derecha de su cuerpo, la que quedó inservible bajo la viga que aniquiló su infancia. Nunca puede, pero la ansiedad y el aburrimiento lo llevan a probar una y otra vez. No va a pensar más en eso. La hermana debe estar a punto de acabar su ronda de pedigüeña y aparecer envuelta en su perenne sonrisa. Lo sabe porque hace ya rato que pasaron repartiendo el mendrugo de pan migado en agua y vino que conforma la merienda de misericordia que recibe cada tarde. En los sudados lienzos, Esteban enjuaga las estériles lágrimas que son su único acompañante y se prepara para la visita.

Al poco, desde la lejanía, sin pretenderlo, la voz de sor Patricia alcanza a Esteban, y esculpe una sonrisa en su desleído rostro. Ya llega.

—¿Cómo está mi rey? —Pregunta desde la puerta de la celda donde lo han arrinconado a falta de un sitio mejor—. Traigo una sorpresa.

—¿Qué es?

Un manoseado cuaderno sin color al que llamar propio se hace cuerpo ante sus ojos de niño sin futuro. Él hubiese preferido una de las rugosas y pulidas naranjas con que los labriegos limpian sus conciencias cuando ven aparecer a sor Patricia. La hermana la hubiese pelado con sus dedos de sarmiento, y se la hubiera ido ofreciendo durante el transcurso de una de sus historias.

—Es para que aprendas a leer.

Está desilusionado, pero no lo demuestra. Una sonrisa fallece en sus labios antes de hablar.

—Yo soy pobre, hermana. ¿Para qué quiero aprender a leer?

—Para que puedas salir de este cuarto con tu imaginación, ¿te parece poco? Con lo listo que eres, estarás leyendo en un santiamén. Yo te traeré libros que hablen de otros lugares, y tú viajarás a ellos a través de sus páginas.

Esteban intenta parecer contento cuando sor Patricia le pregunta si ahora que sabe para qué sirve el cuaderno le gusta la sorpresa, pero no le sale. Un llanto dulce lo arrasa todo a su paso.

—¿Qué te pasa?

—Dígame la verdad, hermana. No voy a volver a andar nunca, ¿verdad?