Juan (de @la_carne_de_eva)


Por Casaseca

Juan fue un niño alegre, un adolescente triste y ahora es un hombre aburrido y melancólico sin otra pasión que la que siente por la madera que labra, y cuyo único entretenimiento conocido consiste en escoger personalmente uno por uno los tablones que usará para el siguiente mueble que habrá de tallar.

El procedimiento que usa Juan para elegir la madera es siempre tan parsimonioso y delicado como aleatorio y arbitrario. Y es llevado siempre a termino en un silencio sagrado mientras pasea con las manos por las vetas y nudos que más tarde labrará con su buril.

A Juan le gusta hacerse acompañar de Esteban, el mozo de almacén, cuando sale a la campa en busca de madera.

Juan es una persona complicada, llena de vericuetos en los que perderse si no se tiene la paciencia de recorrerlos con tranquilidad. Juan no solo es especial eligiendo la madera, también lo es escogiendo a las personas que dejará entrar a su laberíntico corazón.

Juan y Esteban son dueños de unos silencios hermosos y particulares llenos de significado que llegan a alargarse durante días y semanas.

Juan y Esteban saben siempre lo que el otro quiere, y cómo lo quiere. Y comparten esa información entre ellos sin palabras. Sin apenas mirarse.

Hay ocasiones en las que uno sabe lo que el otro habrá de precisar antes de que el primero llegue a sentir la necesidad misma. Esas situaciones, no por frecuentes, han dejado de causarles cierta gracia. Entonces comparten una sonrisa tan leve y efímera como una mariposa desleída y sin color.

Juan es el más rico del pueblo y Esteban apenas un desharrapado.

Juan es grande y macizo. Esteban es un lisiado.

Juan es callado y taciturno. Esteban llena las estancias de sonrisas sin apenas proponérselo.

Juan compone poemas de amor al reflejo de la luna. Esteban jamás aprenderá a escribir.

Juan no es nadie y Esteban el más grande don nadie…

Una lluvia fina cae sobre la campa. El mundo brilla amable como si lo acabasen de estrenar. Juan está agachado revisando un tablón. Tiene las dos manos apoyadas sobre el madero y lo acaricia con los ojos cerrados. Las delgadas aletas de su nariz se abren intentando captar una esencia que solo él puede llegar a intuir porque nadie más la buscaría dentro del corazón de un árbol muerto. Abre los ojos y se incorpora en busca de Esteban. Un fulgor único le turba la mirada durante apenas una fracción de segundo. Esteban hace ya rato que sujeta la madera por el otro extremo. Se sonríen.

Nadie que los conozca podría poner en duda que Juan y Esteban son amigos.