Inés y don Alonso


Este es el último relato de la serie “La carne de Eva” que nos deja Casaseca. Pronto volverá con una nueva serie basada en su segunda novela.

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Por Casaseca

Don Alonso se casó sin amor como antes de él lo habían hecho sus padres, y mucho antes sus abuelos y todas las generaciones anteriores a la suya desde que la diosa fortuna los llenó de dinero y hubieron de empezar a preocuparse por la clase de personas con la que habrían de compartir sus riquezas, en vez de hacerlo de los latidos que en ocasiones habitan en el corazón y lo descompasan.

A pesar de todo, a don Alonso le fue bastante bien. Inés era dócil, era bella y era conocedora del lugar que ocupaba y de cómo tenía que comportarse tanto en la casa como en la calle. A don Alonso también le agradó de su recién estrenada esposa la capacidad organizativa que mostró desde el primer día de casada. La muchacha, a pesar de su extrema juventud, tomó las riendas de una casa que no había visto por dentro antes de la noche de bodas y dejó a todo el servicio perplejo con sus dotes de mando y su carácter risueño de niña a medio terminar. Inés no solo sorprendió gratamente a su marido y a los criados de la casa, también se ganó en poco tiempo el beneplácito de su suegra, que había sido la que la había escogido para su único hijo de entre todas las muchachas casaderas del pueblo y alrededores, aunque jamás, ni en sus más optimistas augurios, llegó a pensar que hubiese acertado tan de pleno con la mejor de las candidatas.

Don Alonso y su madre comentarían desde el mismo día de la boda el feliz acierto que había tenido esta al escogerla, y desde ese momento fueron muchos los encantos de Inés que entre los dos sacaron a colación en sus parlamentos de confesionario a media voz. Pero lo que don Alonso jamás le contó a su madre fue que la más grata y dulce de las sorpresas se la había llevado en el tálamo. Y que en la intimidad era tan feliz que las sonrisas se le derramaban a cualquier hora del día y en los momentos menos pensados: trabajando una madera, conversando con un oficial ebanista, tratando con un proveedor o con un cliente…

Una vez pasado el primer y amargo trago de la desfloración, donde los nervios y la inexperiencia jugaron en contra de la recién casada, Inés se desenvolvió siempre en el lecho conyugal con la soltura y la disposición de los que se preocupan más del placer dado que del recibido. La chiquilla disfrutaba de su cuerpo y del de su marido con cada juego, con cada caricia…, y a don Alonso le complació tanto que su mujer holgase con él de manera tan natural, que se olvidó por completo de frecuentar las casas de putas de las que había sido cliente habitual desde antes incluso de necesitar barbero.

La inagotable luna de miel se prolongó a lo largo de varios meses. Cada noche don Alonso acudía con su incendio de amor y sexo, y cada noche quedaba colmado y extinguido por igual en el pozo sin fin que había resultado Inés.

La muchacha fue complaciente al principio, mientras no supo que otra cosa ser, pero luego, una vez hubo aprendido a libar del néctar del amor compartido y la confianza entre los amantes se hizo firme y libre de fisuras, se volvió exigente con su cuerpo, y quiso suplir con imaginación lo que de experiencia le faltaba. El cambio fue tan gradual, tan sutil, que el esposo no lo notó hasta que la metamorfosis fue completa. Y entonces, lejos de enfadarse por haber perdido a manos de su esposa el cetro que se suponía que debía sustentar, aprendió a ser siervo del placer y a disfrutar con cada asalto que perdía bajo el peso siempre liviano de su única dueña, a dejarse acunar por los orgasmos y a vencer con cada derrota de su virilidad, con cada éxtasis y con cada noche de aprendizaje entre las firmes caderas de Inés, entre sus tersos pechos, bajo su vientre de algodón…

La felicidad fue plena y no necesitó más que de sus cuerpos para existir hasta que a mediados de otoño, y durante veinte días seguidos, ella no pudo complacerlo, a pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas. No fue culpa de la muchacha, sino de una gripe que casi la arranca de este mundo.

Contrariamente a lo que los hombres del pueblo pensaron, no fue la falta de sexo y el aburrimiento conyugal lo que llevó a don Alonso de vuelta a los prostíbulos, ni mucho menos, sino las exigencias de las costumbres de su tiempo, de las que era tan prisionero como todos los demás. El pueblo entero era consciente de que los burdeles estaban llenos de hombres casados, y de que sus esposas lo sabían y transigían con ello porque así había sido siempre.

Habían pasado seis meses completos desde la noche de bodas, y en ese tiempo no había sentido la necesidad de engrosar la nómina de los infieles consentidos que se encuentran sin más en las casas de perdición. Pero durante la primera de las tres semanas que tuvo que sobrevivir sin el sexo de Inés, en la que las energías sin usar le estorbaban para dormir y la cercanía del cuerpo yacente de la joven esposa lo mantenía en un fuego eterno que consumía su pensamiento y despertaba sin avisar al dragón que reinaba en su entrepierna desde la noche de bodas, le dio por pensar que seguramente se había convertido sin saberlo en el centro de las burlas de sus antiguos compañeros de farra, que todos se estarían preguntando por qué aún no había vuelto por el lupanar tras más de medio año de ausencia, y que a ese asunto habría que ponerle remedio más pronto que tarde. Luego, en un afán por justificarse que no necesitaba, se convenció de que la enfermedad de Inés podía muy bien deberse a un uso excesivo del consagrado matrimonio que compartían, y que era por eso para lo que existían las putas, todas ellas bien entrenadas en los menesteres de los negocios de la carne, para absorber las necesidades de los libidinosos maridos que de verdad aman a sus mujeres y no desean provocarles enfermedades innecesarias, o incluso, en última instancia, la muerte.

Estaba decidido, tras la cena a la que la esposa no pudo acudir por falta de fuerzas que la sostuvieran, abandonó el hogar, caminó unos cuantos centenares de metros con el pensamiento aún rebuscando un resquicio de duda entre las sábanas conyugales y entró con paso firme al prostíbulo. Desde la mitad de la estancia que servía como recibidor, saludó a la parroquia, se bebió apenas la mitad del contenido del único vaso de vino que pidió que le sirvieran, aguantó con paciencia de Nazareno el chaparrón de chistes sin gracia que los amigachos que allí encontró le dedicaron y se metió a una de las habitaciones a fornicar un sexo sin vicio con una cualquiera de las putas que encontró desocupada.

La cópula fue tan insatisfactoria como cabía esperar que fuese. La desorientada meretriz no podía entenderlo como lo entendía Inés. No sabía como tocarle, ni tenía idea de las cosas que le gustaban. Don Alonso falseó un orgasmo de compromiso, se vistió en silencio, pagó y se fue. Mientras duró la enfermedad de su esposa, visitó el prostíbulo en otras dos ocasiones solo para demostrarse a sí mismo que no se había equivocado en su primera apreciación.

Una nube negra y despiadada se había adueñado de su alma desde el encuentro con la primera de las meretrices, y no había hecho sino crecer y solidificarse a lo largo de los días siguientes. Don Alonso no entendía cómo su mujer, una chiquilla supuestamente sin nociones de la vida nocturna, podía satisfacerle más y mejor que las profesionales que estaban acostumbradas a dar placer a cambio de dinero. Su imaginación se alió con las noches en blanco y los largos días sin una ocupación verdadera, y se convirtió en su peor enemiga.

La idea de que Inés tenía experiencia previa al matrimonio se había alojado sin remedio en sus pensamientos a pesar de que él mismo había visto con sus propios ojos el miedo reflejado en el rostro de su esposa en la noche de bodas y el manchurrón de claveles carmesíes en las sábanas nupciales a la mañana siguiente.

Se le agrió el carácter, le retiró el saludo al mundo y decidió que no entraría a visitarla mientras durase la convalecencia.

Don Alonso solo volvió al lecho conyugal cuando fue demasiado obvio que Inés estaba completamente restablecida y ella entendió la vuelta del marido de la única manera que sabía: como el anuncio de la reanudación de su actividad sexual.

Su piel tenía hambre de la piel de su hombre, su cuerpo era fuego en busca de más fuego y su sexo era una súplica nerviosa y estremecida cuando extendió la mano para alcanzar el pecho al que llamaba su hogar y se encontró con una espalda fría, indolente y casi sin vida.

Con la punta de los dedos, llamó a una puerta a la que hasta aquel día nunca había necesitado llamar porque siempre la había encontrado abierta. Y él la rechazó haciendo uso del peor de los desprecios: la indiferencia.

—¿Qué te pasa? —Quiso saber Inés al borde del llanto.

—Nada —respondió don Alonso.

—¿Ya no me quieres? —Preguntó Inés disfrazando su inquietud de una risa nerviosa que soliviantó aún más a su marido.

Don Alonso se revolvió en la cama. Sabía que no podría dormir con aquel palpitante volcán respirando junto a él. Cuando la enfrentó empuñando una mirada que parecía forjada en las profundidades de un oscuro glaciar, la encontró envuelta en lágrimas. Un ligero temblor involuntario se había adueñado de su labio inferior. Descubrió que, a pesar de haberse ido cargado de razones para despreciarla, la deseaba con cada átomo de su maltratado cerebro. Sintió el deseo irrefrenable de lanzarse sobre ella y sentirse completo de nuevo. Pero se lo aguantó a duras penas, antes de nada, necesitaba saber, así la sabiduría adquirida le matase por dentro para siempre.

—¿Quién te enseñó a dar placer así? —Preguntó al fin escupiendo cada palabra con la rabia de un animal salvaje.

A Inés le llevó apenas un par de segundos entender la pregunta de su esposo, pero nunca llegó a comprender el significado real de lo que este le demandaba, entre otras cosas, porque él nunca quiso, después de esa noche, aclarar el malentendido.

Inés, durante los meses de lujuria que había durado la luna de miel infinita, había vivido en el convencimiento de que las cosas que le hacía a su marido y lo que él le hacía a ella lo habían disfrutado por igual, pero se ha llenado de dudas en un solo instante de incertidumbres mal sembradas.

—¿He hecho algo mal? —Quiere saber Inés.

—Deja de preguntar, y dime quién te ha enseñado.

Inés está asustada. Don Alonso nunca le había gritado. Le da miedo responder, y que su marido la golpee. Suspira con fuerza para reafirmarse en su interior. Sigue sin entender que ha podido hacer mal.

—¡Habla ya, mujer!

Don Alonso la agarra por los brazos con violencia y la zarandea.

—Tú. Tú me has enseñado —responde por fin a una pregunta que ella había tomado por retórica. Nuevas lágrimas de desconsuelo e incomprensión recorren su rostro. A don Alonso le parece que está más hermosa que nunca—. Solo dime qué estoy haciendo mal y trataré de hacerlo mejor.

No era la respuesta que don Alonso esperaba oír, o tal vez sí. Cierra los ojos para no tener que enfrentarse a los de Inés que suplican compasión mientras le busca la boca y lo besa. Una descomunal erección lo apresa. Ella se abraza a él en busca de un perdón que no entiende, pero que necesita y él entra en ella para encontrar el hogar que ya nunca abandonará. Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que el sol de la mañana los encuentra exhaustos y redimidos. Convertidos en anatomías sin tensión después de haber aguantado un asalto tras otro los golpes sordos que producen los cuerpos que se encuentran en cada respiración.

—¿Alonso?

Tienen los ojos cerrados.

—Dime.

Y cada poro dilatado.

—¿Lo he hecho mejor?

Casi no queda aire que respirar.

—Sí.

Pero aún intentarán buscar algún resto bajo las sábanas…

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