Oh, Marcel.


Por Eduardo Boixeduardo Boix

Siempre me he sentido muy afrancesado. Soy un enamorado del país vecino, de sus vinos, de su gastronomía, de su cine, de su literatura, de su música y de, tal vez, su forma de entender las revoluciones. Francia es para mi la Camelot moderna. Una suerte de lugar emblemático y soñado, donde las ilusiones se pueden hacer realidad. La punta del icerberg de todos los anhelos, la patria de los que creemos que alguna vez podremos tener, aunque se aun poco de ellos.

Alicante capital y provincia, es y ha sido, gran acogedora de franceses anónimos, conocidos o reconocidos. Somos la patria chica de muchos de ellos y nos podemos sentir orgullosos, de poseer los bistrós y restaurantes franceses mas selectos del territorio nacional. Pero hoy vamos a hablar de uno concreto que desapareció hace poco tiempo. El Bistró de Marcel Cerdán regentado por René Cerdán, segundo hijo del boxeador, estaba situado en la Plaza de Gabriel Miró. Aquel restaurante era todo un mausoleo del Bombardero marroquí, que asi era conocido el púgil nacido en el «Pequeño París» de Sidi-Bel-Abbès (Argelia) el 22 de julio de 1916. Marcel nunca ocultó su españolidad, de la que se sentía muy orgulloso, es más, en su biografía dice que su comida favorita son las migas de Aspe que le preparaba su abuela María, oriunda de la localidad del valle de las uvas.

Quiso la vida que el amor, un gran amor, se cruzase en su vida. Edith Piaf y Marcel Cerdán se conocieron en 1948 en Nueva York. Los dos estaban en la parte más alta de su carrera, eran famosos y se amaban profundamente. Aquel mismo año Cerdán se proclamó campeón del mundo de los pesos medios en un combate contra Tony Zale celebrado el 21 de septiembre de 1948 en el Roosevelt Stadium de New Jersey. El reencuentro con aquel amor fue el que le mató. La madrugada del 27 al 28 de Octubre de 1949, en el trayecto Paris-Nueva York el avión en el que volaba Cerdán para encontrarse con su amada, se estrelló sobre el Pico da Vara, una montaña de la isla de São Miguel, en el archipiélago de las Azores. Aquel suceso sumió a la cantante francesa en una profunda depresión que la hizo adicta a la morfina. Su grito fue el Hymne a l’Amour, posiblemente una de sus canciones más célebres. No pudo ganar aquel combate, el amor no todo lo pudo y quedaron los dos grabados por el tiempo.

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