diez consejos para ligar


Hacía calor, un calor de mil demonios, y su tanga sudoroso me tapaba el horizonte. Se

rafa
Rafa Zamorano

había sentado en uno de mis bordes, justo en el que daba al mar. Era lo único que veía, el mar; porque detrás de mí había un muro y, a mis lados, en dos hileras cuya extensión jamás llegué a conocer con exactitud, otras macetas como yo. Sus diversas plantitas-cabelleras obstruían toda visión lateral, con lo que sólo me quedaba el frente, y ahora el frente era la raja de un culo pringoso y bien entrado en años. Era asqueroso. Ser una maceta del paseo marítimo es una mierda. Uno no tiene potestad alguna. A veces también me toca ejercer la función de cenicero. Pasan por mi lado y me echan los cigarros encima. Cuando tengo suerte, se cercioran de apagarlos; cuando no, se limitan a dejar que se consuman lentamente sobre mis terrosas carnes. No saben lo que duele. La primera vez, si no llega a ser por un fulano que me escupió en toda la cara e hizo blanco en el cigarro que me estaba abrasando la nariz, me habría desgañitado la garganta. En comparación, soportar culos humanos no está tan mal. Sin embargo, las cosas siempre se pueden poner peor, y en ese momento yo estaba rezando por que no sucediera la catástrofe. Una catástrofe muy temida por todas las criaturas de mi género. Suele ser una catástrofe silenciosa, sin mucha alarma, cálida la mayor de las veces, fétida otras tantas. Su trasero se agitaba incómodo. Se inclinaba de un lado, se levantaba del otro. Yo no entendía muy bien qué significaba ese ritual; pero había escuchado historias de mis macetas vecinas, y todas coincidían en que ese balanceo precedía a la catástrofe, como cuando llega un tsunami y el agua de las playas se retira hacia dentro. Eso era, se acercaba la gran ola. Un último balanceo culminó la acción. A todas nos tocaba, y yo no iba a ser menos. La peste se extendió por todo mi cuerpo con rapidez, y tambaleó mi cabello-geranio. Nadie más se había percatado. La confidencia quedaría entre el culo y yo. La mujer se alejaría momentos después y yo nunca habría existido para ella. El olor persistió, al menos, dos horas. Ser una maceta es una mierda.