Un arquitecto de cine, Rafael Guastavino


El pasado 15 de abril, la 2 de Televisión Española emitió, en su espacio Imprescindibles,

un documental titulado El arquitecto de Nueva York, dirigido por Eva Vizcarra (http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-arquitecto-nueva-york-rafael-guastavino/3571098/). En poco menos de una hora, dicho documental

Joaquín Juan
Joaquín Juan

descubría a uno de nuestros más internacionales arquitectos, Rafael Guastavino Moreno (Valencia, 1842-Baltimore, 1908), que patentó en Estados Unidos una bóveda tabicada ignífuga. La historia de Guastavino es la de un emprendedor que nació en Valencia, se formó en Barcelona, donde construyó sus primeras obras (la antigua Fábrica Batlló y el teatro “La Massa” en Vilasar de Dalt), y a los cuarenta años decidió marcharse a Estados Unidos, donde amasó fortuna y se arruinó varias veces.

Lo más sorprendente es que, hasta hace muy poco, su nombre era desconocido para la mayoría, al menos en España, pero su impronta y la de su compañía, la Guastavino Company, ha quedado en más de mil edificios y construcciones, algunos de ellos fácilmente reconocibles gracias al cine. Desde 1881 vivió en Nueva York, donde se arruinó en 1884. En 1885 patentó su sistema de construcción de bóvedas ignífugas, que mejoraba el sistema típico mediterráneo y utilizaba el ladrillo plano. Entre 1890 y 1962, su compañía construyó miles y miles de bóvedas, no solo en Nueva York, sino también en otras ciudades, como Boston (Biblioteca Pública) o Washington (Museo Nacional de Historia Natural y Edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos).

De todas maneras, Guastavino ha pasado a la historia como “el arquitecto de Nueva York”, según expresión acuñada en The New York Times a propósito de su deceso, en febrero de 1908. Aunque hay bóvedas cerámicas de Guastavino en numerosos edificios de Nueva York (catedral de San Juan el Divino, Carnegie Hall, Museo Americano de Historia Natural, iglesia de San Bartholomé, City Hall, Hospital Monte Sinaí…), hay tres construcciones que merecen especial atención por su recurrencia cinematográfica. En primer lugar, el Great Hall de la isla de Ellis, el lugar al que llegaban miles de inmigrantes procedentes de todo el mundo, especialmente de Europa; en segundo lugar, la Grand Central Terminal, la estación de ferrocarril más famosa de la Gran Manzana. Y, por último, el Puente de Queensboro.

En cierto modo, todos conocemos Grand Central Terminal, porque, hayamos estado o no allí, hayamos pisado o no su enorme vestíbulo, hayamos visitado o no el Oyster Bar –el local más antiguo del lugar–, todos la hemos visto en innumerables ocasiones gracias al cine y a la televisión, en títulos como Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959), Superman (Richard Donner, 1978), Cotton Club (Francis Ford Coppola, 1984), El príncipe de las mareas (The Prince of Tides, Barbra Streisand, 1991), El rey pescador (The Fisher King, Terry Gilliam, 1991), Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, Brian De Palma, 1993), El protegido (Unbreakable, M. Night Shyamalan, 2000), ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004), Soy leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007), Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008), Los vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012) e incluso la cinta de animación Madagascar (Eric Darnell, Tom McGrath, 2005), por citar únicamente algunos de los títulos más famosos.

Y, por supuesto, todos recordamos el puente de Queensboro, protagonista involuntario de una de las escenas más famosas de Manhattan (1979), esa gran declaración de amor que Woody Allen le dedicó a Nueva York. Pues bien, en buena medida, el Nueva York de Woody Allen, la Gran Manzana del séptimo arte, lo es gracias a las inolvidables bóvedas cerámicas de Rafael Guastavino.