Anfitriones de una derrota infinita


Existe una poética en una generación. Se transitan espacios comunes. Viejas estampas de un país que salía de un

Eduardo Boix
Eduardo Boix

túnel oscuro, hacía una luz que hoy sigue siendo incierta. Mi infancia, nuestra infancia fue la última que buscaba palabras en diccionarios y espacios en atlas. Una infancia donde la tecnología más avanzada era una calculadora o un reloj Casio 50m sumergible (nunca lo averigüé). Una infancia de barrio Sésamo, vinilos, Nocilla y champú antipiojos y sueños por cumplir.
Conocí a Joaquin en el sitio habitual que se conocen a los poetas, la barra de un bar. Más concretamente el bar Paquito del barrio del Raval de Elche. Una antigua bodega convertida hoy en uno de los bares de tapas más emblemáticos de la ciudad doblemente patrimonial. Nos presentó el amigo Nacho Escuín tras un recital que dimos en el centro de cultura contemporánea l”Escorxador donde participábamos en la primera edición del festival de poesía Nosomostanraros. Entre Joaquín y yo surgió un flechazo poético que hasta hoy perdura.
Pero hoy no hemos venido a hablar de la amistad, que también, pero centrémonos en la poética de Joaquín, y más concretamente en Anfitriones de una derrota infinita. Ya el título nos anuncia todo lo que va a venir, esa derrota infinita que se ha instalado en la cotidianidad de cada uno. Pensarán ustedes que es una visión demasiado negativa, oscura quizá de la vida, pero les puedo asegurar que no, Joaquín posiblemente sea una de las personas más esperanzadas que conozco y siempre se muestra con una sonrisa.
Anfitriones de una derrota infinita nos habla de lo que fue y de lo que puso haber sido. Nos muestra la vida con todas sus costuras, podemos ver el interior de la herida y hurgar en ella si es necesario.

Este poemario es un canto a lo perdido pero también un repaso de experiencias, como una lista extraña de la compra, donde los productos son los recuerdos que se han ido acumulando a lo largo de los años.
El cine también es un tema principal y recurrente en la poética de Penalva. Babilonia Mon amour, el primer poemario escrito a cuatro manos con Luis Bagué ya fue muestra de ello. Tal vez, el cine, la película sea un mero instrumento para contar lo que siente o lo que ha despertado lo visionado.
A Joaquín y a mí nos une una sincera amistad. Él es de esas personas que te llegan como poeta y como ser humano. Los dos somos hijos de un mismo tiempo, incierto pero apasionante. Somos como dos amigos que viven dos vidas distintas pero compartiendo espacios comunes en cierto modo. Sentimos la vida de una forma parecida y eso se nota. 񗹤Bebemos de casi las mismas fuentes y soñamos casi los mismos sueños. Yo contemplo su entusiasmo y el aguanta mis silencios, porque hablar no es mi plato más fuerte. Porque eso en definitiva es la vida, un sinfín de concesiones que nos sirven no estar en una batalla constante. Porque la vida para Joaquin como para todos es una apasionante película con un mal guión, porque siempre acaba muriendo el protagonista.

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