La Mascarada


*Porque todos los que en algún momento nos hacemos visibles encontramos alguna culebra en el camino.

El doctor Justo Tránsito no daba crédito a lo que oía. La mascarada había sido, como todos los viernes, motivo de que el salón principal del hotel rebosara de vida. Los lobos se mezclaban con las ovejas, las culebras serpenteaban entre las luciérnagas, algún que otro mapache daba sorbos taciturnos a su bebida. Aquella noche, la temática de la fiesta era “el mundo animal”, un tópico mucho más concreto que el de la semana anterior: “las fábulas”; pero que estaba en estrecha comunión con él. Era por eso que muchos de los concurrentes se habían servido de los mismos disfraces, y las miradas furtivas reconocían al cerdo con el que se había conversado la última vez, o al gusano que se había pasado de frenada con el alcohol y provocado un escándalo. La fiesta daba la impresión de ser exactamente la misma, salvo por una luciérnaga de aspecto joven y femenino que se había permitido un pequeño retoque en su atuendo: una llama que despuntaba de su cola y se contoneaba con gracia al andar. Como un péndulo, armonizaba la atención de todos los presentes en un compás cuyo ritmo despertaba sensaciones diversas. El sector de los mamíferos, debido a su naturaleza cálida, sentía una fuerte atracción hacia el flamígero adorno; a las aves, siempre algo soberbias, les resultaba indiferente; los reptiles, de sangre fría y carentes de fuego interno, no podían evitar una fuerte convulsión de envidia cada vez que la luciérnaga daba un paso o hacía un llamativo movimiento de baile. Uno de aquellos reptiles, una culebra de nombre sibilinate, característica que la definía al completo, se acercó a la luciérnaga y le preguntó si podía enroscarse en su cola para recibir un poco del calor de la llama. La invitación no se hizo de rogar, y la culebra se hospedó rápidamente junto al fuego. Observada entonces por todos, y creyéndose más llama que culebra, se apresuró en arrancarla de un poderoso mordisco. Hubo un grito y después una copa de vodka con Burn se hizo añicos contra el suelo. La fiesta prosiguió como si nada hubiese ocurrido.

Entre la distracción que producía en él su nariz y la atención que tenía que poner en la cura de la boca, el doctor Justo Tránsito tuvo que pedirle a su paciente que le contara de nuevo la historia