La polémica de Max Brod


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Cuando, tras insistir repetidamente en que quemaran su obra, Kafka murió en el sanatorio Hoffmann de Kierling, afectado de gravedad por una tuberculosis que arrastraba desde hacía varios años, Max Brod decidió pasar por alto todos sus deseos y publicar hasta la correspondencia personal que en su momento mantuvo con Felice Bauer, su primera prometida. Max Brod era, por supuesto, su mejor amigo, y podríamos suponer que lo hizo excusado en que Kafka no estaba en sus cabales -lo cual, si investigamos un poco, sabremos que es falso, ya que él siempre había sido muy reticente a publicar nada, y en muchas otras ocasiones ya había sacado a colación la hoguera-, o en que, tras la muerte de su amigo, el recuerdo se le hizo tan insoportable que tuvo que llevar a cabo un rápido ejercicio de memoria selectiva, el cual afectó irreversiblemente a todo lo que relacionara fuego y libros.

No obstante, fuera de toda especulación, un buen lector puede adivinar la razón que llevó a Max Brod a desatender los deseos de su amigo moribundo. Max Brod fue, más allá de la amistad, su mejor lector en vida, y esto lo dotó del egoísmo propio de cualquier lector. Este característico egoísmo, atroz, ciego, amparado en la buena voluntad y la admiración, es el que ha llevado a muchos académicos -grandes lectores- a afirmar que toda obra, una vez escrita, deja de pertenecer al autor y pasa a ser parte del acerbo cultural, una entidad intangible que destruye cualquier conato de individualidad. Sólo en ciertos casos, cuando un individuo habla con pedantería -o no- de algún autor, un ego -el del comentarista- puede quedar por encima de cualquier logro literario y escapar de la mano del acerbo cultural, lo cual supone un acto sublime de autoafirmación.

No podemos culpar a Max Brod de sentirse realizado -autoafirmado- siendo el albacea de la obra de Kafka. ¿A quién no le gustaría ser el guardián y promotor de algo como La metamorfosis? Podríamos, quizá, echarle en cara que desoyera las palabras de su amigo, pero estaríamos siendo hipócritas -recordemos que somos buenos lectores-, y la hipocresía es algo mucho más rastrero que el desacato. ¿Qué armas nos quedan, pues, contra Max Brod? Si encima le añadimos que gracias a él existe el término “kafkiano” en nuestra lengua, me inclino a pensar que, más que reproches, se merece halagos. Y temo que, si la historia se hubiera inclinado por el egoísmo del gran autor, en vez de por el del buen lector, hoy tendríamos la desgracia de no conocer un mundo literario lleno de enigmas y situaciones trepidantes, como lo es el kafkiano. Y eso sí que sería una verdadera desgracia, de la cual sólo el escritor praguense tendría la culpa.

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