Sobre Alumbramiento, un cortometraje de Víctor Erice


El llanto de un niño sobre un fondo negro es la única carta de presentación. Es la hora de la siesta, según marca el reloj de la casona asturiana (16:40). Aparece otro reloj en escena, el que se ha pintado un niño a lápiz sobre el brazo. La madre y el niño recién nacido duermen tranquilamente, acunados por una Madonna y una pequeña llama. Pronto, sin embargo, amenaza la tragedia, que toma cuerpo en una mancha de sangre que avanza por la ropa de cuna del bebé, a la altura del vientre.

En la casona, la siesta es sagrada y predomina el silencio: el abuelo juega al solitario, el padre dormita en un sofá, la cocinera amasa el pan de la cena… solo la máquina de coser rompe el silencio; una de las criadas borda un babero con el nombre del recién nacido. Los niños de la casa juegan por los rincones, por los patios, por los desvanes y por el campo. Una niña descalza se columpia junto a un San Bernardo que la vigila.

Es la familia de la casa, que se completa con una criada que tiende la ropa, dos labriegos que siegan con sus guadañas y un joven mutilado que trenza cuerda a la sombra de un árbol. Son acciones cotidianas, inofensivas, pero, conforme pasan los minutos, la mancha sobre el vientre es cada vez más grande y las moscas acuden a su olor, pero tanto la madre como el bebé duermen ajenos al peligro.

Sobre la pared de la casona se dibuja el pasado del indiano, fotos de El Paraíso, una tienda de ultramarinos en La Habana. Esas imágenes y un coche con la matrícula 9221 es lo único que queda de aquellos años felices en que el amo de la casa, más joven, se enriqueció (de aquellos años, probablemente, y de otra esposa, sean los niños que juegan por la finca).

Poco a poco, Erice crea una atmósfera terrible, pues nadie es consciente de que, al igual que se siegan los campos, pronto quedará segada la vida de Luisín, el primero de los hijos del indiano nacido en Asturias, fruto de su unión con una joven mujer del lugar. Aparece un gato negro –¿es la muerte o el ángel de la guarda?– en el dormitorio y, al mecer la cuna, el bebé quiebra la tranquilidad con su llanto. Un grito en bable alerta a todos los moradores, que se acercan a la casa (todos, menos el niño del reloj pintado, que permanece en el desván) y contemplan cómo la cocinera, con las mismas manos de amasar el pan, corta la hemorragia umbilical de Luisín y le hace carantoñas. Son las 16:50 y todo vuelve a su orden, el cosmos ha sido restaurado en esta casona aislada en las montañas de Asturias.

Ahora bien, todos los detalles indican que este nuevo paraíso –ya no habanero, sino asturiano– es el último refugio que acaso queda. El espantapájaros que preside los campos lleva puesto un casco de guerra. Las manzanas que caen del árbol ven pasar a su lado a una serpiente. Sobre la mesa de la cocina, un periódico, La Nueva España, habla sobre la conferencia de Hendaya (el encuentro entre Hitler y Franco). Aparece la amenaza de una nueva guerra cuando todavía no se han curado las heridas de la Guerra Civil –bien lo sabe el joven mutilado–.

La película se titula Alumbramiento y trata sobre la fragilidad de la vida, pero también sobre su valor, precisamente en un momento en que Europa ha entrado de lleno en la Segunda Guerra Mundial (la cabecera del diario indica la fecha: 28 de junio de 1940). Estos diez minutos, en cierto modo, encarnan el final de la inocencia, la desaparición del último paraíso, representado en un niño recién nacido cuya vida ha estado a punto de extinguirse sin necesidad de odios ni de guerras. Un día acabarán las guerras, pero todos sabemos de antemano que ya hemos perdido la partida que jugamos contra el tiempo. Con un poco de fortuna, conseguiremos aplazar nuestra muerte.

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