EL BALCON EN INVIERNO

LUIS LANDERO.

Con El balcón de invierno nos encontramos ante una novela intimista, escrita en primera persona como contando las cosas a alguien cercano al que estuviera – el autor- relatando los pequeños o grandes acontecimientos, al oído, en la mesa camilla en un soliloquio informativo que abarca la existencia entera de quien narra.

UnknownNos transporta la novela a la España rural de la postguerra en una Extremadura deprimida y en una familia, hasta cierto punto acomodada porque no pasaba hambre. En la casa del protagonista emerge, con un cierto aire mayestático, la figura de un padre inútil, que no trabaja y en la que es la madre quien ejerce como líder de facto.

Es, como dice el propio autor, una novela de tiempos sombríos, pero de gente que no estaba dispuesta a dejarse derrotar por ellos.

El fenómeno sociológico de la emigración – que ahora, cuando lo creíamos superado por nuestra pujanza económica, ha vuelto de la mano de la crisis, esa crisis que la derecha se empeña en dar por finalizada- la inmigración, la salida del pueblo y la marcha a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida, queda retratada en el cambio de vivienda, de actividades y de posibilidades: desde Alburquerque hasta el cosmopolita Madrid, en el castizo barrio de Prosperidad – significativo nombre-.

El autor desempeña distintos trabajos de supervivencia, hasta prueba suerte con la música, y cuenta, como si de una epopeya heroica se tratase, la compra de su primer libro con el que disfruta hojeándolo, palpándolo e incluso oliéndolo para disfrutar con lo que era todo un símbolo de cultura y de bienestar.

Estamos ante un retrato perfecto, puramente fenomenológico, de una familia media, del paso de la servidumbre del secano y la mula como animal imprescindible que asegura la existencia, a un nuevo mundo cargado de expectativas y promesas. Un mundo abierto al disfrute de la modernidad recién conquistada. Esa modernidad pasa por no ser oficinista, ni casarse ni echar barriga sentado ante una mesa. Pasa por ser vagabundo o poeta, marino mercante o maquinista de tren. Todo menos oficinista.

La sentencia de su madre -auténtica líder y cabeza de la familia- es definitiva: Mira, haz lo que más te guste y que sea lo que Dios quiera.

Hasta que llega el amor, el gran embaucador y enemigo declarado de los ímpetus y desafueros de la libertad y de la fantasía y te empuja -quizá- a ser el barrigón que tanto has criticado.

En mi opinión resulta excesivo el calificativo que reza la portada de “mejor novela del año”, sin embargo nos encontramos ante un texto tierno, ilustrativo, histórico y realista que sin duda merece ser leído.