Y eres como un pretexto

Y eres como un pretexto para que yo medite

y yo soy un pretexto de pena que te infieres,

y en medio esa tristeza de hombres y de mujeres

que es casi todo cuanto la vida nos permite;

pero tú y yo sabemos que cuando el mar se irrite,

de toda esta comedia poblada de alfileres

quedará la leyenda pequeña de dos seres

que se amaron, aunque ello jamás nos resucite;

ahora estamos logrando la imperfección, mañana

seremos el perfecto sollozo planetario,

el no ser y el no amar y el no temer, hermana;

vivir es componer una música muerta,

pero llevarle flores, rezarle así, a diario,

quizá equivalga a oírla, como si fuera cierta.

Félix Grande

A los 27 comprendo…

CN7qVTqWsAAghw2Hoy cumplo 27, y me planto. A partir de este año reciclaré las velas. El veintisiete siempre ha sido mi número. En realidad lo es el 7, pero 27 era mi número en la lista de clase en el colegio, el que tenía mi archivador y mi casillero, mis libros de texto. Y eso imprime identidad.
Siempre me imaginé cómo sería con veintisiete años y os puedo asegurar que no se acercaba en nada a la que soy ahora. Pero la vida da muchas vueltas y una cambia, crece, evoluciona o involuciona y cambian también los objetivos, los principios y, por supuesto, las preguntas.
Veintisiete años son pocos, está claro. No voy a discutir con nadie sobre eso. Pero también son suficientes para aprender y comprender, y el hecho de que hoy estéis aquí y tengáis acceso a este texto tiene su pequeño significado.
No son pocas las personas que han salido de mis redes sociales o de mi vida tras pulsar la opción “dejar de ser su amigo”, y cada una de ellas ha tenido su razón, pero la más frecuente ha sido mi dificultad para afrontar las decepciones. Parece que lo que no ves, no existe; si no forma parte de tus redes sociales tampoco lo hace de tu vida. Pero no es verdad. Cada uno de los nombres que están o han estado en mis listas de amigos me han enseñado algo y me han convertido en lo que soy ahora. Así que, tanto a los que me podéis leer como a los que nunca lo harán, gracias.
Gracias a todos. Ahora sé que hay diferentes formas de amistad, que hay amigos que están lejos y parecen distantes, pero que pueden coger un avión y aparecer en tu casa si los necesitas de verdad. También sé que los hay engañosamente cercanos, los consideras incluso familia, hasta el día en que te quedas esperando su mano mientras te ven caer.
He aprendido: que el amor tiene muchas formas, pero que no entiende de edades ni de géneros; que hay que decidir con el corazón –que no con los impulsos– para no arrepentirse de nada; que alguien puede compartir tu vida durante años y desaparecer sin remordimientos en un solo día: que no todos los que expresan emociones son sinceros y que no todos los que te dicen “te quiero” te amaron de verdad; que tus padres, aunque se equivoquen, siempre harán lo que crean mejor para ti y que son los únicos en los que puedes confiar ciegamente; que hay tíos que son como padres y “pegaos postizos” que también; que los animales son mejores que muchas personas porque no entienden de intereses ni de condiciones; que el tiempo siempre es relativo y que se ensancha o se contrae al interés de cada uno; que las distancias son iguales que el tiempo.
He comprendido que puedes obviar tu propio dolor si la persona a la que amas también sufre. Y que puedes querer a muchas personas solo porque el ser al que amas también lo hace. Y también que, sin dejar de amar, no debes depender de nadie en esta vida, porque hasta tu sombra te abandona cuando estás en lo oscuro.
He comprendido lo importante que resulta valorar lo que se tiene, y no esperar a que el tiempo te obligue a apreciar lo que perdiste.
He comprendido que a veces es necesario marchar para soltar amarras y que no siempre es fácil tener claro el destino; que cada día me quedan más cosas que aprender y que las decisiones que tome serán importantes dentro de veintisiete años.
He comprendido, como diría Jaime Gil de Biedma, que la vida iba en serio; aunque eso, también como dijo el poeta, una lo empieza a comprender más tarde.

Fátima (de @la_carne_de_eva)

Disculpad la demora en la publicación del nuevo relato de Casaseca. Me ha sido imposible desde Escocia encontrar un ordenador desde el que poder subirlo. Espero que os guste.

Fátima es la muchacha más bella de la Cántara. El próximo mes cumplirá 16, y sus padres la casarán con don Arnaldo, el acaudalado ebanista de Malcocinado.

—¿Cuántos años tiene tu novio? —Le preguntan sus amigas para mortificarla.

Su novio, marchito y enjuto, hace ya tiempo que cumplió los sesenta. Y ella odia que ese viejo decrépito sea su único camino.

A Fátima le puede que sus amigas tengan novios jóvenes y atléticos. Bellos animales con los que revolcarse en alguna de las eras cercanas. Pero es consciente de que no sería capaz de llevar la vida a la que estaría condenada si se casara con uno de esos desarrapados.

No nació para señora, pero ha aprendido a serlo con los dineros que cada semana el ebanista le hace llegar a sus padres. Por eso, aunque aproveche cada ocasión que se le presenta para restregarse a escondidas contra los obscenos cuerpos de los novios de sus amigas, sabe que nunca les entregará su flor. Llave única que habrá de franquearle el paso a una vida mejor.

Hay días, muy pocos, en los que no es capaz de conseguir que sus desilusiones no trasluzcan cuando sus amigas le hacen las burlas de siempre.

—Pobre Fátima —Dice alguna de ellas exhibiendo una sonrisa burlona—. Que tendrá que tumbarse en el suelo junto a su lecho para sentir algo firme.

—Pobre —corea otra cualquiera—. Que jamás empapará unas sábanas sino en la casta flama del verano.

Hoy es uno de esos días que el Señor ha parido sin paciencia. Uno de los peores.

Debido a la cercanía del enlace, sus nervios son un manojo de tendones secándose bajo un injusto sol que los vuelve quebradizos. No puede más. Sin haberlo meditado, decide en un segundo sin retorno que les hará saber todo lo que tiene guardado en lo más recóndito de su alma. Todo eso que lleva años pudriéndose en las enrarecidas cavernas sin ventilar que es su cuerpo, y que la está matando.

—Vosotras sois unas lelas —Escupe con inquina—. No tenéis ni idea de lo que habláis. ¿Cuánto creéis que me va a durar el viejo este? ¿Un par de años?, ¿cinco? Para entonces, yo aún seré joven, y tendré dinero. Más del que seáis capaz de imaginar nunca. ¿Y sabéis lo que haré entonces? ¿Lo sabéis? —Fátima las mira de hito en hito antes de continuar con su furiosa confesión—. Me buscaré un hombre como es debido. Uno fuerte y grande. Uno que me abarque y que me llene de besos. Uno que me aplaste con su peso de hombretón. Eso es lo que haré.

Todas callan. La rabia desborda los ojos de Fátima y el asombro mantiene a sus amigas claveteadas al suelo con la mágica constancia de la inmutable gravedad. A todas menos a una. Una más joven y más ingenua que las otras. Una que jamás se ha burlado de ella ni de su decrépito novio.

La chiquilla se levanta y se va hacia ella. La abraza con ternura. Antes de hablar, la mira entre lágrimas y le posa un beso en cada mejilla.

—Ay, Fátima, mi pobre niña desvalida. Ahora sí que me das pena.

Casaseca