A propósito de la memoria

Una nueva mañana. Al entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de las persianas, abriste los ojos. Larga noche de pesadillas. Estabas sudando. Una sensación de extrañeza invadía tu cuerpo…y te incorporaste. ¿De quién es esta cama? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Te decías. Y ahí estabas: frágil y solo.

Te levantaste descalzo. El frío del suelo trepaba por tus pies. Buscaste algo para calzarlos, para darles el calor que todo tú necesitabas. Frente a ti, dos trozos de felpa descansaban sobre el mármol. Qué desorden, pensaste. Sin embargo, eran perfectos para caminar, azarosamente útiles dado que su tamaño y su corte se ajustaban a tu anatomía. Te dirigiste a la puerta que presumías cerrada. ¿Qué otro sentido podrías concederle a aquella especie celda completamente extraña para ti? Trataste de abrir con fuerza, y lo lograste. La puerta se rindió ante tus viejos músculos de deportista, ante tu firme necesidad de libertad.

Caminaste buscando un baño. Por el pasillo te cruzaste con una mujer que te dio los buenos días y te regaló una sonrisa. Le diste la tuya por respuesta. La educación es lo primero, decía tu madre. Y qué bien lo recordabas ahora. “Buenos días –dijiste–, ¿el baño, por favor?”. Ella te besó con suavidad en la mejilla, lanzó una nueva sonrisa y siguió caminando. No entendiste nada. Llegaste a una puerta de cristal translúcido y probaste suerte. También se abrió. Te acercaste al lavabo para refrescarte la cara y te miraste al espejo. Era la mirada perdida y triste de un viejo. Te asustaste. Tocaste tu piel como si palparas, con miedo, una máscara. Pensaste en una pesadilla, pero te equivocabas de nuevo. De nuevo sucumbías. Tu pesadilla era tan real como la vida y, aunque te pellizcabas una y otra vez, con más empeño si cabe, no lograste despertar.

Pasaron las horas, los días… y cada noche regresabas, guiado por un impulso ciego, misterioso, a esa oscura habitación del final del pasillo. Apenas dormías buscando respuestas. Te volviste huraño y taciturno. La mujer con la que te cruzabas con nocturna frecuencia empezaba a cambiar su sonrisa por un gesto de turbación. “Todo está bien”, respondías, tratando de ganar tiempo, de no levantar sospechas, mientras buscabas un sentido a aquel encierro absurdo e injustificado. Convenía no decir nada. Ella te conocía bien, te llamaba por tu nombre y te abrazaba con cierta ternura en el sofá. Al fin y al cabo, si debíais permanecer encerrados por algún motivo, era preferible entre aquellas paredes.

Pediste un álbum de fotos de los que se vislumbraba en la última leja del mueble del salón. La mujer cogió una silla y se subió para alcanzarlos. Bajó tres de ellos y te los dejó sobre la mesa. Le diste las gracias y la besaste para seguir con tu mentira. Puede que todo se debiera a un golpe en la cabeza, a una caída de la cama en pleno sueño, en plena noche. Eso pensaste. Por eso resultaba conveniente ojear aquellas fotografías. Te ayudarían a comprender, quizá a recordar.

Era verdad, te conocían. Ese de las fotos eras tú, el del álbum, el que celebraba su boda con la mujer que ahora, más vieja pero igual de atractiva, te saludaba en el pasillo, se abrazaba a tu cuerpo en el sofá y te hacía el café con la porción exacta de leche y una pastilla de sacarina. Eras tú el que besaba al bebé que, según todos los indicios, debía de ser tu hija. Pero tú no tenías recuerdos de nada. “¿Dónde están?”. Te preguntaste.

Qué desalentador resultó buscar en las cajas de la memoria y no encontrar absolutamente nada. Revolviste el desván de tu mente, repleto de espacios que habías ido llenando a lo largo de tu vida y que ahora estaban vacíos. Todo se había extraviado. Y en un momento de lucidez recordaste que a tu madre le ocurrió algo semejante. No pudiste evitar sentir pena, aflicción por ti mismo, que, lentamente, habías perdido aquello que te hizo feliz, lo que te convirtió en lo que llegaste a ser. Y pena por aquellos a los que un día amaste.

Cerraste los álbumes como quien cierra una ventana hacia la vida. Te aproximaste a ella, tu mujer, que con los ojos empapados te miraba, comprensiva, desde el sofá. La besaste con adorable lentitud. Le dijiste al oído algo así como “te amo, espero tú no lo olvides nunca”. Te sonrió y cerraste los ojos, balbuciendo algo parecido a una plegaria, tratando de retener su imagen bajo los párpados. Regresaste a la habitación. Te metiste en la cama como cada noche y comenzaste a llorar tu propia muerte. Morir en paz fue tu modo de querer por última vez a los que te amaron. Aquellos que hasta hoy, casi dos años después de aquel angustioso despertar, entre flores y llantos, no fueron conscientes de que tú, hacía ya mucho, que los habías abandonado.

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A los 27 comprendo…

CN7qVTqWsAAghw2Hoy cumplo 27, y me planto. A partir de este año reciclaré las velas. El veintisiete siempre ha sido mi número. En realidad lo es el 7, pero 27 era mi número en la lista de clase en el colegio, el que tenía mi archivador y mi casillero, mis libros de texto. Y eso imprime identidad.
Siempre me imaginé cómo sería con veintisiete años y os puedo asegurar que no se acercaba en nada a la que soy ahora. Pero la vida da muchas vueltas y una cambia, crece, evoluciona o involuciona y cambian también los objetivos, los principios y, por supuesto, las preguntas.
Veintisiete años son pocos, está claro. No voy a discutir con nadie sobre eso. Pero también son suficientes para aprender y comprender, y el hecho de que hoy estéis aquí y tengáis acceso a este texto tiene su pequeño significado.
No son pocas las personas que han salido de mis redes sociales o de mi vida tras pulsar la opción “dejar de ser su amigo”, y cada una de ellas ha tenido su razón, pero la más frecuente ha sido mi dificultad para afrontar las decepciones. Parece que lo que no ves, no existe; si no forma parte de tus redes sociales tampoco lo hace de tu vida. Pero no es verdad. Cada uno de los nombres que están o han estado en mis listas de amigos me han enseñado algo y me han convertido en lo que soy ahora. Así que, tanto a los que me podéis leer como a los que nunca lo harán, gracias.
Gracias a todos. Ahora sé que hay diferentes formas de amistad, que hay amigos que están lejos y parecen distantes, pero que pueden coger un avión y aparecer en tu casa si los necesitas de verdad. También sé que los hay engañosamente cercanos, los consideras incluso familia, hasta el día en que te quedas esperando su mano mientras te ven caer.
He aprendido: que el amor tiene muchas formas, pero que no entiende de edades ni de géneros; que hay que decidir con el corazón –que no con los impulsos– para no arrepentirse de nada; que alguien puede compartir tu vida durante años y desaparecer sin remordimientos en un solo día: que no todos los que expresan emociones son sinceros y que no todos los que te dicen “te quiero” te amaron de verdad; que tus padres, aunque se equivoquen, siempre harán lo que crean mejor para ti y que son los únicos en los que puedes confiar ciegamente; que hay tíos que son como padres y “pegaos postizos” que también; que los animales son mejores que muchas personas porque no entienden de intereses ni de condiciones; que el tiempo siempre es relativo y que se ensancha o se contrae al interés de cada uno; que las distancias son iguales que el tiempo.
He comprendido que puedes obviar tu propio dolor si la persona a la que amas también sufre. Y que puedes querer a muchas personas solo porque el ser al que amas también lo hace. Y también que, sin dejar de amar, no debes depender de nadie en esta vida, porque hasta tu sombra te abandona cuando estás en lo oscuro.
He comprendido lo importante que resulta valorar lo que se tiene, y no esperar a que el tiempo te obligue a apreciar lo que perdiste.
He comprendido que a veces es necesario marchar para soltar amarras y que no siempre es fácil tener claro el destino; que cada día me quedan más cosas que aprender y que las decisiones que tome serán importantes dentro de veintisiete años.
He comprendido, como diría Jaime Gil de Biedma, que la vida iba en serio; aunque eso, también como dijo el poeta, una lo empieza a comprender más tarde.

Hay quien ama y hay quien se deja amar

* Advierto a todo aquel que lea este post, que estos pensamientos vienen de una situación crítica. El blog no deja de ser un diario y todos pasamos por momentos malos. Suerte a los que sí que tengáis ese tándem en vuestra vida. Yo estoy en una fase en la que necesito pensar que no es necesario para seguir adelante.

Hay días, en los que me acuerdo mucho de la película Náufrago. No sé si la habéis visto, si no lo habéis hecho os la voy a spoilear pero como dice Ismael Serrano, la culpa es vuestra.

Esa sensación de que un suceso, una relación, un conjunto de situaciones compartidas con alguien han marcado un antes y un después en tu vida me ha pasado varias veces, lo que nunca me había pasado era darme cuenta de que ese significado en realidad solo lo tenía para mí (se ve que he madurado).

Ya hice referencia a una reflexión parecida en uno de mis primeros posts Formas de amor y formas de amar. ¿cuántas veces eres consciente de que una relación no tiene futuro y aún así lo necesitas cerca, lo quieres cuidar, quieres reír con él de chorradas dure lo que dure y a costa de lo que sea? “La prefiero compartida antes que vaciar mi vida” decía Silvio Rodriguez y no existe un amor más bondadoso y más sano que ese, el libre. El que mejor sabor de boca te deja.

  • mujer-desnuda-y-en-lo-oscuroSin embargo esa es una opción, que poca gente comparte y comprende, porque además para funcionar debe ser de mutuo acuerdo (de verdad, no de los de “si si, que ya cambiarás de opinión”). La vida los últimos años me ha enseñado que normalmente hay quien ama y hay quien se deja amar (este segundo llega un momento en el que se cansa y sigue con su vida dejando al otro como perro en la cuneta sin aceptar su destino). Ante esta realidad que me voy a encontrar y encuentro frecuentemente en una dirección u otra (ya que me confieso culpable de la parte provechosa en varias ocasiones) me planteo diferentes alternativas:
    O busco rolletes sin compromiso y con una fecha de caducidad establecida por contrato y con posibilidad de prórroga.
    O espero al príncipe azul, que tal y como están las cosas…dudo mucho que se pase por aquí.

Empezaba comentando lo de Náufrago, pero he soltado este rollo de mi vida y el amor, porque siento que pensar que pase lo que pase, contra viento y marea, la persona a la que amas siempre estará esperándote, poimages (7)rque siente ese mismo vacío que tú en su interior si no estás cerca y está dispuesto a sacrificarlo todo por ti…ya no se lo creen ni en Hollywood.
¿Es malo? no, es la esencia de la vida y te acaba curtiendo y enseñando. Una de las cosas que hay que enseñar a los niños es que la vida al final no es siempre como uno quiere.
¿Es malo? si, porque las hostias que te metes a veces requieren años de rehabilitación y varios psicoanalistas.

Por eso yo he optado hoy por hoy por dejarme querer y olvidarme de conquistar (que buf… cansa). Y si llega algún incauto (porque soy de armas tomar) que consigue tocar las teclas para que mi cerebro se rehabilite lo antes posible bienvenido será y agradecida estaré eternamente. Al final más vale no esperar nada y dejar que la vida te sorprenda. Lo mismo hasta yo sola cambio el chip, porque como dice MI psicóloga “no te mientas, tú le quieres, aunque sea libre de ti, el resto es para olvidar”. Ahí lo dejo.