Matar a un ruiseñor

Autora: Harper Lee

Un clásico literario lo es por una razón tan sencilla y difícil de materializar como la atemporalidad de lo que su autora relata. Si a ello se le suma una calidad exquisita y la capacidad de transmitir emociones y sabiduría, obtenemos un resultado digno de calificar como obra maestra. Y así sucede con Matar a un ruiseñor, única novela conocida de Harper Lee hasta 2015 e inspirada en un conflicto racista acontecido en la localidad vecina de la autora.

9788490701218A través de la mirada límpida de Jean Louis Finch (Scout), una niña de la América del Sur del año 1930 en la que imperaban el racismo y las estrictas convenciones sociales, Lee nos transporta a uno de los acontecimientos más importantes en la vida de Jean Louis: Atticus, abogado y padre de ésta, defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Una trama sencilla a la par que enmarañada a causa de los personajes que se nos van presentando, tan completamente opuestos a Atticus, cuya ética es intachable. En medio de tal engranaje encontramos a Jean Louis, a su hermano Jem y a otros pocos niños y niñas que ofrecen una perspectiva candorosa, muy dispar de la de sus mayores.

Si bien el desarrollo de la novela puede resultar algo pausado dado que muchas de sus páginas se dedican a describir la vida de sus personajes, ello es necesario para entender el mensaje – o, mejor dicho, los diversos mensajes – que Lee nos quiere transmitir. Ello se compensa con la imprevisibilidad de la historia y el esfuerzo que debe hacer el lector por descifrar qué personajes son honestos y cuáles no lo son tanto. En Matar a un ruiseñor la fina línea entre la bondad y la inmoralidad únicamente está bien definida en cuanto a Atticus, que puede considerarse como una suerte de epicentro entre “lo bueno” y “lo malo”. A su alrededor, vecinos, amigos y familiares se sitúan a lo largo de dos extremos.

Pero no sólo por ello estamos ante un libro universal. Durante los años 30 aún imperaban los prejuicios raciales, económicos y morales que siguen latentes en la actualidad, y es aquí donde Harper Lee hace mayor hincapié. Por aquél entonces, no obstante, existía una convivencia más o menos pacífica (aparentemente) entre blancos y negros, lo cual se constata con Calpurnia, la cocinera/criada negra de los Finch. A raíz de este personaje brota también el interrogante de por qué lo que se considera correcto en un lugar puede ser incorrecto en otro. ¿No somos todos seres humanos, al fin y al cabo?

A lo largo de la novela Jean Louis se hace a sí misma preguntas como la anterior, acompañándole el lector en la misma tarea. Cuestión ardua, puesto que sus respuestas no siempre son rotundas sino que se caracterizan por los matices. Preguntas que toda persona reflexiva se ha hecho en algún momento de su vida pero que conviene revisar de cuando en cuando. Es por ello que Matar a un ruiseñor resulta tan cercana, tan llena de vida a pesar de haberse escrito hace más de medio siglo.

JULIA VILLAPLANA

Ícaro

Todo hombre ha experimentado mientras dormía, la sensación de flotar en el espacio.

José Luis Escobar
Por José Luis Escobar

Acaso la inefable sensación de libertad que experimenta dormido sea la causa de que despierto, todo hombre haya soñado con volar.

Ovidio, fijó en verso el mito de Ícaro en el libro VII de las Metamorfosis. Dédalo construyó unas alas como de pájaro, fijando las plumas con cera. Acopló este ingenio a su hijo Ícaro que pudo así conquistar el aire y desde él, la libertad de la que ambos se hallaban privados por el rey Minos.

Dédalo advirtió a su hijo que si volaba bajo, las olas podían mojar las plumas y se precipitaría al mar. Si volaba muy alto, el calor del sol derretiría la cera y caería desde muy alto.

Ícaro voló y se emocionó ante la visión que ofrecía la altura. Ovidio describe que contempló un hombre pescando, un pastor y sus ovejas ramoneando y un labriego apoyado en la esteva del arado removiendo la tierra. Subió más y más alto, como cualquier necio que descubre un mundo bajo sus pies. La cera se derritió, las plumas se dispersaron e Ícaro se precipitó en el mar. Pieter Brueghel, El Viejo, inmortalizó esta caída en 1554. Cuesta trabajo encontrar a Ícaro en la pintura (abajo a la derecha del cuadro) porque el mundo no se entretuvo en compadecerle. Ni siquiera reparó en su aventura.

En el siglo de los satélites y los aviones, son las alas de la fama las que atraen el sueño de los hombres y la pasión voladora de los necios. Trenzadas las plumas con ondas hertzianas y sujetas con cera electromagnética, cientos de Ícaros vuelan por la estratosfera, flotando sobre el eter televisivo. Tras contemplar el mundo desde lo alto, son abrasados por el sol de su estulticia y caen desplumados, al abismo del olvido, sin escándalo ni alharacas, como pintó Brueghel.

Es propio de necios elevarse más allá de lo razonable y abandonar su contacto con la tierra. Los medios técnicos ofrecen unas posibilidades excelentes al pazguato que exhibe mezquino y soberbio, sus habilidades inicuas ante una multitud que aplaude enardecida su gesta voladora. Visibles ahora desde todos los ángulos parece que el número de zascandiles, se ha multiplicado. Veamos si la percepción nos engaña:

Cicerón ya recogió la máxima Stultorum sunt plena omnia” esto es: todos los lugares están repletos de tontos (Ad familiares 9,22,4) Este pensamiento fue acogido con tanto entusiasmo que San Jerónimo lo introdujo en la Biblia Vulgata, hacia el 384 d.C, concretamente en el Eclesiastés 1,15: “Stolturum infinitus est numerus” el número de tontos es infinito.

Esta máxima de uno de los llamados Libros Sapienciales, estuvo vigente durante 1.500 años. Fue acogida nada menos que en la Biblia como uno de los pensamientos indiscutibles atribuídos a Salomón, el Rey Sabio. En 1979, a instancias de Pablo VI, se realizó otra traducción que miraba más a la tierra: “quod deficiens est, numerari non potest” lo que falta, no se puede contar.

En las fechas de esta última traducción, ya faltaban en el ámbito terrenal todos los Ícaros necios que habían escapando a la estratosfera hertziana. Eran ya incontables. Acaso la palabra de la Biblia y de Cicerón sean inmutables por muchas traducciones que sufran.

Si desea leer Las Metamorfosis de Ovidio pinche aquí:

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/o/Ovidio%20-%20Metamorfosis.pdf

Ilustración de Pieter Brueghel, El Viejo, la Caída de Ícaro sobre 1554