Para este verano: Murakami

Me pidieron que recomendara un libro para leer en verano. Se podrán imaginar que a mi mente llegó una lista interminable. Sin embargo, hoy quiero recomendar uno para leer en verano y en invierno, para todos aquellos que comienzan a escribir, para los que asisten a talleres literarios o simplemente muestran simpatía por el arte de redactar historias.

Antes de eso, hablemos de su autor.

No sé si Haruki Murakami es el escritor más leído de Japón. Si no es así, no andará muy lejos de los primeros puestos. Un escritor de vocación tardía, amante del ejercicio físico y del jazz, posee un estilo único en el arte de componer novelas.

248439_portada_de-que-hablo-cuando-hablo-de-escribir_haruki-murakami_201701251238En el libro De qué hablo cuando hablo de escribir, Murakami nos detalla como fueron sus inicios –nada fáciles–, lo poco predestinado que estaba para convertirse en lo que es y, sobretodo, como fue pasando por las diferentes adversidades que a todo novelista marcan para siempre. Lo mucho y lo poco que le afectaron algunas críticas y, también, como se convirtió en un escritor de éxito.

Poco dado a los actos públicos, Murakami reflexiona en este libro sobre cómo los escritores envejecen con sus lectores; cómo se impuso su propia disciplina para ser escritor una vez que tomó la decisión de serlo, cómo carecía del talento necesario para hacer largas composiciones novelescas y la forma en que la fue consiguiendo.

No es un libro mágico. No da fórmulas secretas. Pero se me antoja recomendable cuando el lienzo de las palabras se torna negro para todos aquellos que se inician, o que ya están en el mundo de la escritura. Un libro, tal vez, para inspirarse.

Jorge Chillón
http://www.jorgechillon.com

El oficio de escribir

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Jose Luis Ferris

Hace diez años –lo tengo anotado en mi agenda– leí en alguna parte que Gabriel García Márquez había dejado de escribir. La frase merecía un gran titular si no fuera tan dudosa como decepcionante. El autor de Cien años de soledad venía a afirmar que se le había secado la glándula de segregar ficciones. En aquel momento me sentí profundamente engañado y, de algún modo, García Márquez cayó para mí en la decrepitud y en el lodo. Que un escritor afirme con aviesa y provocadora intención que ha dejado de escribir es tan grave como decir que ha dejado de respirar. ¿Que no le convence el ejemplo? Pues allá usted, pero no exagero ni un ápice si parto de la idea de que un escritor, o lo es para siempre o no lo ha sido nunca. Un novelista no se jubila a los sesenta y cinco como cualquier funcionario porque su oficio no está sujeto a su voluntad. Si la literatura para él no es un mero entretenimiento sino la razón de ser de su vida, no puede hacer con ella lo que le venga en gana. Un escritor verdadero, es decir, un tipo que se la juega en cada libro que pasa por su alma y por sus manos, que pone las tripas en ello, que sufre y que goza con cada frase, con cada palabra, no puede decir adiós muy buenas y a vivir de las rentas del engaño. Quiero creer que lo de García Márquez fue un puro calentón, una salida de tono inspirada por esa falta de inspiración que de vez en cuando se ceba con el mejor novelista. Quiero pensar que, muchos años después de recibir el premio Nobel, Gabo no se rajó como un vulgar perdedor o como un miserable triunfador apoltronado en el éxito al que se la sudan ya los buenos relatos y las ficciones verdaderas. Un escritor se muere en la brega, envuelto en los mismos tormentos y las mismas pasiones que le empujaron irremediablemente a escribir, en la misma soledad y el mismo vértice insalvable, pero nunca abandona este mundo desde la reserva o el retiro voluntario, como los coroneles melancólicos, arropado por la gloria de su gran mentira.