Los peligros de un bar

Por Rafa Zamorano

Los peligros de un bar son muchos, desde perder la conciencia por el alcohol hasta que venga alguien y te diga que es escritor. Es de este último peligro, precisamente, del que os quería hablar hoy.

Si alguna vez os encontráis en un bar -lo que asumo que ocurre con frecuencia-, y se os acerca un sujeto aleatorio con la cantinela de que es escritor/poeta/ególatra-arrogante, no desesperéis; es un gran problema, pero tiene solución. Normalmente, cuando sucede un fenómeno de este estilo, el sujeto en cuestión -suele ser un hombre, y suele decir que es escritor para ligar- se acerca con los ojos achinados, receloso de que la luz del bar deslumbre sus preciados ojos de genio de las letras, y, en vez de presentarse como cualquier persona normal, dice: “Hola, soy escritor, adórame y tírate directamente a mi cuello”. Las cursivas transmiten aquí el mensaje indirecto, es decir la implicatura, que hay detrás de toda frase “Hola, soy escritor”.

Después de dicha frase, el maníaco pseudoescritor esperará una respuesta halagadora de parte de su interlocutor/a -suelo rehuir la cuestión política del género en la lengua, pero aquí está justificada: normalmente la receptora es una mujer-. Algo así como “Oh, vaya, qué guay, qué persona más especial eres”. Si alguien se siente tetando de dar esa respuesta, ¡que no lo haga! Esta podría traer consecuencias fatales, tales como que los ojos del pseudoescritor se abrieran de par en par y la luz del bar iluminara su intelecto, predisponiéndolo a decir una frase de Coelho, la cual, por supuesto, intentaría hacer pasar por suya. Queda, por lo tanto, terminantemente prohibida la respuesta halagadora.

Llegados a este punto, la primera solución pasaba por no responder y dejar que los acontecimientos siguieran su curso. El pseudoescritor diría: “Hola, soy escritor”, y cualquier persona cuerda respondería: “Deletrea Shakespeare”. El pseudoescritor no sabría y se retiraría avergonzado. Sin embargo, si la respuesta es la halagadora, la solución al problema se complica, y ya es necesario el consejo de un experto como yo para salir indemne del trance. Como un halago injustificado siempre conlleva la inflamación del ego del halagado -y cuanto más injustificado, más se inflama-, el pseudoescritor se sentirá superior a ti y creerá tenerte en su poder. Ahora es tu momento de demostrarle lo contrario. Ponte firme, saca pecho y di: “Yo también soy escritor”