YO DESMONTÉ A KATE por @AntonioTomasio

2016 fue el año. No estaba dentro de las metas a cumplir durante esos 366 días. Internet es un

ANTONIO TOMASIO REDES SOCIALES
Por Antonio Tomasio

medio en donde las redes sociales han proliferado, muchas aparecen y otras desaparecen, en mi caso, uso tres: Facebook, Twitter y LinkedIn, con algunos coqueteos a Instagram recientemente. Por medio de estas redes sociales y en especial con Twitter -que es una herramienta muy dinámica-, me ha permitido conocer profesionalmente a muchas personas de todo el mundo y en especial de España. Es el caso de Kate, así es, la propietaria intelectual de este blog, y por ello mi propuesta del título.

En febrero viajé a España, lo pueden leer en “Cerca de 30,000 kilómetros” http://www.antoniotomasio.com/cerca-de-los-30000-kilometros/

Ahora entraremos en detalle mi visita a Alicante, que es donde Kate reside. Mi encuentro desvirtualizador con Kate fue en las gradas de la estación de trenes Renfe, ya que queda cerca de la estafeta de correos -donde fui a despachar unos paquetes-, y su estudio queda al cruzar la calle. Fue un brillante día, sábado 13 de febrero. Debo confesar, a pesar de no ser supersticioso, que el número 13 está muy ligado a mi persona y siempre me suceden eventos memorables, como por ejemplo que nací un día 13.

Después de los saludos de rigor y reconocernos -cada uno ponía voz a las fotos de nuestros perfiles de Twitter- comenzamos a caminar en dirección al puerto. Kate me sorprendió agradablemente por ser una enciclopedia andante de la historia de su ciudad, por lo que disponía de mi guía personal categoría 5 estrellas, qué lujo.

Caminamos por la Av. Maisonnave, es decir, como la 5ta Avenida de Nueva York, por el mero centro de esa maravillosa y tranquila ciudad. Llegamos a la plaza Balmis y me enseño la casa donde Francisco Javier Balmis vivió y realizó algunos de sus trabajos. A cada paso se sumaba un rico comentario sobre la historia alicantina, mientras nos desplazábamos por las a veces estrechas calles, señalando históricos edificios, y sellando con comentarios que solo una verdadera enamorada de sus raíces puede hacer, por su amplia memoria y don de captar la atención del oyente (ergo, yo), le estoy muy agradecido. Por la Explanada de España -típico paseo de muchas ciudades costeras españolas- llegamos a nuestro destino, la zona portuaria. Recalamos en el famoso restaurante Dársena. Ordenamos y la verdad es que la conversación por parte de Kate no decayó en absoluto. Su conversación me mantuvo atento, la verdad, ni recuerdo cómo fue que el tiempo transcurrió. Einstein y su teoría volvieron a tener la razón, la relatividad. Recuerdo de la Isla de Tabarca, el Castillo de Santa Bárbara, que lo podíamos ver desde donde comíamos.

Volvimos por nuestros pasos y nos encaminamos por el Mercado Central, cuando pasábamos por el frente me relató los eventos ocurridos en la guerra civil y del bombardeo por parte de los italianos que sufrió dicho lugar, donde pereció infinidad de gente. Una calle, un comentario, un edificio, una anécdota. Kate, maravilla del conocimiento, de una generosidad demostrada, compartiendo libremente todos sus conocimientos y experiencias propias o trasmitidas a ella por personas que vivieron esos momentos históricos.

Por último legamos a la librería Pynchon & Co dónde nos brindaron uno de los mejores cafés que saboreé en Alicante. Llegado el momento tuve que despedirme, me retiré con ese sabor a café en la boca, a historia en mi mente y a amistad en mi corazón.

Felisa (de @la_carne_de_eva)

Felisa no tiene una hora fija para llegar a trabajar, nunca ha tenido reloj, y aunque lo tuviese, no sabría como descifrar el mensaje que para ella ocultan las manecillas rotatorias. Por eso duerme con las cortinas descorridas, y se despierta con el alba cada día. Es noviembre, las noches son más largas y los madrugones menos exigentes

Felisa vive en Malcocinado con sus cuatro hijos y con su marido, que también trabaja para don Alonso. Los hijos quedan a cargo de una vecina cuando la pareja abandona el hogar con las primeras luces. A medio día verá al mayor, que tiene ocho años, cuando se acerque a la cocina del taller de carpintería a recoger las sobras del almuerzo que ella prepara para su marido y el resto de carpinteros. Con las sobras que Felisa guarda, la familia está engordando un verraco que sacrificará con los primeros hielos.

Inés y don Alonso entran a la cocina cada mañana al poco de llegar Felisa. Un puchero de café y achicoria que ella misma dejó preparado la tarde antes rompe a hervir ahora sobre uno de los fogones de la cocina económica.

—Buenos días —saluda Inés.

—Parece que se nos han pegado las sábanas esta mañana —comenta don Alonso con una sonrisa maliciosa atravesada en la comisura de la boca.

—Sería la primera vez en mi vida —se indigna Felisa.

El matrimonio se sienta a la mesa en silencio como cada mañana. Don Alonso toma un buen tazón de café con leche y miel y varias rebanadas de pan de centeno que migará en el humeante tazón. Inés prefiere el café solo y que el pan esté tostado antes de refregarle un diente de ajo y regarlo con un chorrito de aceite. De pie, con la cadera apoyada firmemente sobre el quicio de la cocina, Felisa da cuenta en un santiamén de una perrunilla y de un vaso de leche templada. Luego, sin haber acabado de masticar, agarra el puchero con las manos forradas en trapos, lo transporta al taller, lo deja encima de una tarima y vuelve casi a la carrera a recoger las tazas y el pan tajado que ya tiene preparado sobre la camarera de madera que usa como transporte.

Hace mucho que Felisa dejó de ser joven, pero ni una sola mañana faltan halagos en la fila de obreros que espera a que la cocinera les sirva el brebaje negro que los mantendrá hasta el mediodía. A su marido, que es de buena catadura, nunca le ha importado escuchar las cosas que le dicen a su mujer.

Media hora después, Felisa regresa a la cocina sonriente. Hoy los piropos han sido más ocurrentes que de costumbre, y no ha podido por menos que reír abiertamente con alguno de ellos.

La pareja no se ha movido de donde Felisa los dejó. Don Alonso observa a la sonriente cocinera. Se ha levantado de buen humor, y no puede contener una maldad.

—Pero bueno, Felisa. ¿No se habrá creído la sarta de mentiras que le dicen? Esos lisonjeros son capaz de cualquier cosa por un poco más de café.

Don Alonso no es un mal hombre, y Felisa lo sabe. Es amigo de las bromas y las acepta con la misma disposición con que él mismo las da, pero a la cocinera no le ha gustado el tono burlón. Quizás esté ya algo mayor. Quizás sepa que lo que ha dicho el amo es verdad: que los piropos sinceros de hace unos años ya nunca volverán. Sea como fuere, Felisa se siente ofendida. Tanto como para olvidar por un temible momento la posición que ocupa en este mundo de clases y convencionalismos. Mira a don Alonso con fuego en los ojos. Si hubiese tenido una arma cargada en aquel momento, su amo ya sería historia, y ella solo tendría por delante el resto de su insignificante vida para arrepentirse. Por fortuna para Felisa y para don Alonso, ella solo cuenta con su ingenio para defender su honor manchado.

—¿Sabe qué es lo malo de los ricos? —Preguntó saboreando el veneno que se le estaba amontonando en el paladar— Que tienen mucho tiempo para aburrirse y se les agría el poso como al café.

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LA CARNE DE EVA

Continúa el relato- Bajarás al reino de la tierra

Llevaba veinte años huyendo de un cadáver. La mitad de su vida la había empleado, acaso sin saberlo, en huir e un cuerpo abandonado entre el polvo, junto a una tapia desconchada por las balas de los fusiles del pelotón de ejecución.

Este era el fragmento que teníais que continuar esta semana y que pertenece a la novela Bajarás al reino de la tierra. El escritor es José Luis Ferris y con esta obra ganó el Premio Azorín el 1999. A partir de entonces ha escrito otras novelas como El amor y la nada o El sueño de Whitman. También es autor de las biografías en Temas de Hoy de Miguel Hernández, Maruja Mallo y Carmen Conde o de libros de poesía como Piélago, Niebla Firme o Cetro de cal. Participa activamente en este blog, pues podéis encontrar sus microcuentos y relatos en las secciones correspondientes,

Vuestros relatos inspirados en este fragmento han sido estos:

Veinte años. Veinte años de disimulo. Como diría el maestro Sabina: “toda una vida sin poder poner el culo”. Veinte años desde que intentaron fusilarlo en Sudán de adolescente por ser homosexual y lo creyeron muerto. Veinte años desde que esperó a que la noche y la borrachera de sus verdugos ocultaran su huida como la niebla. Huir de África. Y hoy, hojeando la revista “Time”, una lágrima resbaló hasta la portada dónde aparecía su fotografía. Keri Lenoir, la mujer más deseada. No importaba que siempre tuviera que ir al baño sola. Mear de pie era su venganza secreta.
Ahora, cuando su cuerpo empezaba a envejecer, recordaba la cara suplicando clemencia de aquellos infelices que por sus ideas, se encontraban en el bando opuesto.
Era la manera de definir su matrimonio, la comparación mas triste que encontró para contar que, ese cadáver, en realidad era su marido. un hombre malo, egoísta, mentiroso….. y las balas significaban las incontables heridas físicas y psicológicas que le había hecho a ella, a esa tapia que soportó tanto daño. Tanto como 20 años intentando huir de él. Hoy era su aniversario de boda, sus hijos eran mayores y conscientes de la mayoría de las vejaciones que soportó su madre, aunque nunca entendieron por qué aguantó tanto. Les faltaba la madurez que da el calzarse en los zapatos de otro. Dejó una escueta nota en la habitación de sus hijos, dando pocas explicaciones pero dejando claro que no volvería, aunque ella siempre sabría como estaban. Y si alguna vez la necesitaban, como buena madre que ellos sabían que era, encontrarían su ayuda. Pero ya había llegado la hora, preparó lo indispensable para irse, y con la cabeza alta cerró aquella puerta y tiró las llaves. Atrás quedaban 20 años, los próximos 20 serían totalmente distintos. Y sencillamente buenos.
Huir no es fácil, sobre todo cuando intentas hacerlo de algo que está dentro de ti, que te pertenece, que habita en tus noches acuclillado entre tus pesadillas más íntimas… Y que de día se dedica a palpitar entre los resquicios que deja el fuelle de tu propia respiración. Así que para qué intentarlo, me pregunté. Para quedarme por fin solo, me respondí. Entonces me di cuenta. Yo siempre había estado solo. Solo con mi fantasma. Comía solo, bebía solo, trabajaba solo, llegaba al orgasmo solo… Por qué renunciar a la única compañía que aún soportaba mis numerosas manías de solitario. No, no lo haría. Mi fantasma, mi querido fantasma se quedaría donde está.
Un música sonaba a lo lejos, era el himno de los vencedores, era electro-latino. No podía soportar el pésimo gusto musical de los seres de la noche. Aquellos eran para el los portadores de la suerte que nunca le sonrió, envidiando su vida social, la vida que sonríe a los sanos sobre los enfermos. La superficialidad es más poderosa y engulle civilizaciones, le hubiera gustado ser el dios vengativo, destructor de mundos vanos, creyendo necesario un nuevo comienzo con notas de jazz de los años treinta. Y allí en los recovecos de su mente encontró la armonía que nadie le brindo, con las historias ficticias, las que para él eran reales, las que leía, veía y escuchaba. Todo eso le llevo a ser un escritor laureado.
Ahora se encontraba ante el, o mas bien ante una tumba. Aquella a la que habia temido durante tanto tiempo y que ahora reposaba en aquel triste y lugubre lugar, y solo podia recordar el sonido firme de las pisadas del peloton alejandose despues de la ejecucion.
Y ahora, por primera vez, abrazado a ella se sentía libre. La tierra permanecía húmeda, había conseguido apaciguar el llanto de cada nube. Por fin, el cielo aparecía limpio, casi azul, casi…, apenas blanco. Ya no era necesario huir. Un mundo distinto se abría a través de aquella tapia y sus manos recogieron los casquillos que aún quedaban, oxidados. Los guardó en el bolsillo, junto a las viejas flores. Removió un poco la tierra y enterró en ella una pequeña piedra que sobresalía de entre las ruinas del muro. No había más restos de batalla. Nos despedimos de su recuerdo, no quedando rastro ya de aquel cadáver en mi memoria. La única forma que hallé de escapar fue volver, regresar de nuevo. Despedirme.
Aún podía oir el zumbido de las balas retumbando en su cabeza y recordaba como, en cuestión de segundos, le habían arrebatado la inocencia de sus tiernos 8 años, teniendo que contemplar, tras aquellos matorrales, cómo se desplomaba el cuerpo de su madre tiñendo de rojo las margaritas que crecían al lado de la tapia. Ahora el destino se reía de él y la tapia que tantos horrores había albergado, se había convertido en los muros del colegio de primaria en el que él enseñaba Historia.
Le venia a la mente, aquella tarde con el sol cayendo, agazapado entre aquellos matorrales. No podia creer lo que estaba viendo. A lo lejos, por el camino que bajaba del pequeño monte, otro camión se iba acercando, bamboleándose posiblemente por el pronunciado desgaste de las ballestas de su amortiguacion, conjugado con la decrepitud y mal estado del camino, y levantando tras de si una polvareda qe casi hacia imposible vislumbrar lo que este dejaba atras. No queria pensar que en ese camion, viniera cargado de gente y entre ellos volviera a estar algún conocido mas.
¿Cómo deshacerme de aquello que me torturaba? Aquel odio profundo que sentía, necesitaba arrojarlo lejos, pero no sabía cómo. Me asomé a la ventana de mi cuarto. Se divisaba el campanario de la vieja iglesia. Un impulso me llevó a calzarme y salir a la calle. En la penumbra de la parroquia, ni un alma. Casi como por instinto, me arrodillé delante del Sagrario, tan solo iluminado por una lamparita roja. Encima del Sagrario un cristo solo, doliente, retorcido. «(…) y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (…)». Bajé la cabeza y lloré. Salí afuera. Me sentí mejor.
“…como olvidar aquellas imagenes, tantos hombres caidos, baleados sin importar si eran culpables o no! Ahi estaban aun despues de tantos años, guardados en su memoria sin poder huir de ellos, con mil remordimientos de haber sido el unico sobreviviente de aquel fatidico dia de Noviembre. Su conciencia le recriminaba, pero sabia que nada ni nadie podria haberlos salvado de semejante bajeza…y el…el se salve por un milagro, que aun no entendia con que fin…”
TEXTO ORIGINAL
FerrisLlevaba veinte años huyendo de un cadáver. La mitad de su vida la había empleado, acaso sin saberlo, en huir e un cuerpo abandonado entre el polvo, junto a una tapia desconchada por las balas de los fusiles del pelotón de ejecución. Nunca desde entonces había vuelto a encontrar esa misma mirada, los ojos entornados de un hombre que acaba de morir y las pupilas aún brillantes marcadas por esa vaguedad transparente y precisa donde parece detenerse el instante final, la imagen helada y perpetua del asombro último. Desde hacía veinte años, aquella extraña mueca de felicidad que vio dibujada en la cara de su primer muerto y que habría de seguirle tan inconsciente y obsesiva como su propia sombra, como un secreto olvidado que surgía de pronto en mitad del sueño y lo empapaba en sudor hasta el amanecer, no había recobrado su condición real con tanta evidencia como en los labios del muchacho que ahora tenía a sus pies.
José Luis Ferris