Qué buen caballero era…

Faltan apenas dos días (13 de abril, 11 horas) para que Alicante conmemore cuatro siglos sin

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Jose Luis Ferris

Cervantes con una exposición en la que he puesto mucho empeño, varios meses y todo el amor que quieran imaginar. Les hablo de “QUIJOTES DEL MUNDO. Colección de Adolfo Prado Sáez. Cuatro siglos sin Cervantes (1616-2016)”, Palacio Provincial –Diputación de Alicante–, del 13 de abril al 15 de mayo.

Como el propósito de este artículo es invitarles a que disfruten de esta muestra sobre el padre de la novela moderna y de El Quijote, no me resisto a soltar alguna prenda sobre el asunto y, cómo no, sobre su genial autor.

Debemos reconocer que Cervantes fue un tipo desafortunado. A una infancia revuelta, una juventud nómada, de aquí para allá, y una vida, en fin, cargada de frustraciones, castigos, batallas, oficios innobles y presidios, cabe añadir la minusvalía de su brazo izquierdo y ese escaso reconocimiento literario que le relegó al saco de la mediocridad, al puesto de escritor de segunda fila ninguneado por la fama. Pero hete aquí que en un momento dado, fecundo como pocos, don Miguel tuvo la ocurrencia y el acierto de escribir una obra sin argumento alguno, sin tramado novelesco, Miguel De Cervantessin asunto, sin el menor suspense; una obra incalificable en su época que, pese a todos los augurios, iba a ser considerada la primera novela de la historia, el canon de ese género que no tardaría en propagarse por Europa bajo la embaucadora influencia de Cervantes. El éxito que alcanzó la locura de Alonso Quijano nada más salir de la imprenta se asienta poderosamente en una razón de peso: El Quijote no está escrito con la imaginación sino con la memoria, con la experiencia, con la profunda y serena sabiduría de un hombre golpeado por la vida que, sin resentimientos ni amarguras, concibe su relato como un juego, un juego en el que todo cabe, incluso la aventura de un paranoico enloquecido por los libros que entrega su vida a un ideal sublime y se estrella contra la realidad porque los demás no cumplen, precisamente, las reglas del juego.

La acción de El Quijote se libra en el transcurso de un mismo año. La primera parte vio la luz en 1605, sin embargo, los hechos que se narran en la obra ocurrieron nueve años más tarde, en 1614; otra genialidad que me reservo comentar en próximas entregas, cuando hayan visitado la exposición y seamos más vasallos, si cabe, de Cervantes.

El oficio de escribir

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Jose Luis Ferris

Hace diez años –lo tengo anotado en mi agenda– leí en alguna parte que Gabriel García Márquez había dejado de escribir. La frase merecía un gran titular si no fuera tan dudosa como decepcionante. El autor de Cien años de soledad venía a afirmar que se le había secado la glándula de segregar ficciones. En aquel momento me sentí profundamente engañado y, de algún modo, García Márquez cayó para mí en la decrepitud y en el lodo. Que un escritor afirme con aviesa y provocadora intención que ha dejado de escribir es tan grave como decir que ha dejado de respirar. ¿Que no le convence el ejemplo? Pues allá usted, pero no exagero ni un ápice si parto de la idea de que un escritor, o lo es para siempre o no lo ha sido nunca. Un novelista no se jubila a los sesenta y cinco como cualquier funcionario porque su oficio no está sujeto a su voluntad. Si la literatura para él no es un mero entretenimiento sino la razón de ser de su vida, no puede hacer con ella lo que le venga en gana. Un escritor verdadero, es decir, un tipo que se la juega en cada libro que pasa por su alma y por sus manos, que pone las tripas en ello, que sufre y que goza con cada frase, con cada palabra, no puede decir adiós muy buenas y a vivir de las rentas del engaño. Quiero creer que lo de García Márquez fue un puro calentón, una salida de tono inspirada por esa falta de inspiración que de vez en cuando se ceba con el mejor novelista. Quiero pensar que, muchos años después de recibir el premio Nobel, Gabo no se rajó como un vulgar perdedor o como un miserable triunfador apoltronado en el éxito al que se la sudan ya los buenos relatos y las ficciones verdaderas. Un escritor se muere en la brega, envuelto en los mismos tormentos y las mismas pasiones que le empujaron irremediablemente a escribir, en la misma soledad y el mismo vértice insalvable, pero nunca abandona este mundo desde la reserva o el retiro voluntario, como los coroneles melancólicos, arropado por la gloria de su gran mentira.

Miguel Hernández 74 años de su muerte

No es bueno olvidar. Nunca hay que olvidar.

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Por Jose Luis Ferris

A las 5’30 horas de la mañana del día 28 de marzo de 1942, según consta en el parte extendido por el jefe de los Servicios Médicos del reformatorio de adultos de Alicante, falleció «el recluso hospitalizado en esta Enfermería, Miguel Hernández Gilabert, a consecuencia de Fimia pulmonar según el médico auxiliar recluso. Ha recibido los Auxilios Espirituales».

Era sábado, víspera de domingo de Ramos. Aquel amanecer fue aprovechado por los más íntimos amigos de Miguel para poner a salvo los poemas y escritos que el poeta conservaba entre sus objetos personales. Tenía los ojos abiertos como dos piedras azules. Quienes le amortajaron, quienes vieron su rostro sin vida aseguran que quedaron conmovidos por aquella mirada firme, por aquellos ojos abiertos, como fijos en la nada, que nadie, lograrían cerrar.

El cuerpo del poeta fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta muerto y que la banda del reformatorio  interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Ramón Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y seis personas: Elvira y Vicente Hernández, hermanos del poeta, Consuelo (una vecina de aquélla), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa de Miguel. «El largo camino al cementerio era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el cortejo fúnebre». Llegados a este lugar, al camposanto alicantino de Nuestra Señora de los Remedios, el cuerpo del poeta debía esperar hasta el día siguiente, domingo 29 de marzo, para darle sepultura.

Al parecer, Josefina pidió quedarse junto al cuerpo de su esposo para velarlo toda la noche, pero las autoridades se lo impidieron. Las razones se supieron después: era precisamente por las noches cuando traían al cementerio a presos y a gente que fusilaban junto a las tapias de este recinto, y no querían testigos de aquella sangría.
Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1.009. El pintor Abad Miró relata, con sentida dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro… me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos…”

Con los ojos abiertos, Miguel, unos ojos que se apagaron para siempre en aquella última prisión de Alicante; unos ojos que dejaron de mirar, según el parte médico, porque una tuberculosis minó su vida. Pero la verdad la sabemos muy bien: Miguel murió de olvido, de desidia, de venganza…, murió por no vender su alma al diablo del fascismo, por no comulgar con ruedas de tiranos, por no renunciar a la verdad…
La realidad, en toda su extensión, se ajusta únicamente a la soledad de un hombre que supo esperar, hasta el último momento, la gran promesa que fue para él la vida; una criatura atravesada por un rotundo amor hacia las cosas que vio con entera amargura cómo se vulneraban cada uno de sus sueños; un hombre generoso que no recibió mayor pago que la inclemente maza del desamor y la impiedad.

Era el año de 1942. Era un 29 de marzo que ninguno de vosotros ha querido o ha sabido olvidar. Los poetas mueren pero dejan una senda abierta para que los hombres, las mujeres, la humanidad entera la recorra. Vosotros habéis andado, moral y físicamente esa senda, y el poeta lo sabe desde ese lugar donde su amante cuerpo sueña y yace.
Han pasado 74 años de cárceles y cárceles para olvidar y no olvidar.

lustración: Boceto de Max Hierro para el libro “Mi primer libro sobre Miguel Hernández”

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