A LAS CINCO DE LA TARDE

eduardo Boix
Por Eduardo Boix

No soy un funcionario del Ministerio del tiempo, pero a veces, me veo en una obligación mas moral que laboral, de sacar a la luz a personajes que fueron claves en ciertos momentos de la historia. Existe un torero que parece más una leyenda que un diestro común. Ignacio Sánchez Mejías, fue torero y escritor, tal vez sea una de las figuras destacadas de aquella famosa generación del 27, y posiblemente aquella unión de poetas no existiría sin su presencia. Poca gente sabe que ejerció de mecenas y consejero de la mayoría de aquellos entusiastas poetas, y se desconoce o no se quiere acabar de reconocer, que fue el verdadero motor de aquel homenaje a Góngora del 17 de diciembre de 1927.

Hoy dia que el toreo está tan cuestionado y los toreros se las dan de artistas, la sombra de Ignacio Sánchez Mejías sobrevuela sobre la mente de tantos. Posiblemente, Sánchez Mejías fue el impulsor de la obra artística de la mayoría de poetas reunidos en aquel homenaje y muy probablemente, aquella generación no se hubiese unido si él no hubiese realizado aquel acto. Además su muerte fue la inspiración para el célebre poema de Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

El 11 de agosto de 1934 reapareció en la plaza de Manzanares (Ciudad real), donde encontró la muerte por el pitón de un toro de nombre Granaíno. El mito dice que harto de ver mundo, buscó la muerte como si de una tragedia griega se tratase. Harto de escribir, ser rapsoda, dar conferencias en Nueva York, de ser presidente del Betis o de la Cruz Roja de Sevilla. Estaba harto de su mundo o del mundo, su muerte pudo ser la señal de lo que vendría dos años después. Quiso ser leyenda.
Murió como él soñaba morir, no concebía otro final más que ese. Con sangre y arena. En un ruedo, a las cinco de la tarde.

Miguel Hernández 74 años de su muerte

No es bueno olvidar. Nunca hay que olvidar.

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Por Jose Luis Ferris

A las 5’30 horas de la mañana del día 28 de marzo de 1942, según consta en el parte extendido por el jefe de los Servicios Médicos del reformatorio de adultos de Alicante, falleció «el recluso hospitalizado en esta Enfermería, Miguel Hernández Gilabert, a consecuencia de Fimia pulmonar según el médico auxiliar recluso. Ha recibido los Auxilios Espirituales».

Era sábado, víspera de domingo de Ramos. Aquel amanecer fue aprovechado por los más íntimos amigos de Miguel para poner a salvo los poemas y escritos que el poeta conservaba entre sus objetos personales. Tenía los ojos abiertos como dos piedras azules. Quienes le amortajaron, quienes vieron su rostro sin vida aseguran que quedaron conmovidos por aquella mirada firme, por aquellos ojos abiertos, como fijos en la nada, que nadie, lograrían cerrar.

El cuerpo del poeta fue conducido hasta el patio de la prisión, donde a media tarde, formada la población reclusa en perfecto duelo, la Dirección del establecimiento permitió que los presos desfilaran ante el poeta muerto y que la banda del reformatorio  interpretase la Marcha fúnebre de Chopin. El humilde ataúd fue sacado a hombros por Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Ramón Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y seis personas: Elvira y Vicente Hernández, hermanos del poeta, Consuelo (una vecina de aquélla), Miguel Abad Miró, Ricardo Fuente y la esposa de Miguel. «El largo camino al cementerio era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el cortejo fúnebre». Llegados a este lugar, al camposanto alicantino de Nuestra Señora de los Remedios, el cuerpo del poeta debía esperar hasta el día siguiente, domingo 29 de marzo, para darle sepultura.

Al parecer, Josefina pidió quedarse junto al cuerpo de su esposo para velarlo toda la noche, pero las autoridades se lo impidieron. Las razones se supieron después: era precisamente por las noches cuando traían al cementerio a presos y a gente que fusilaban junto a las tapias de este recinto, y no querían testigos de aquella sangría.
Fue a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1.009. El pintor Abad Miró relata, con sentida dureza, que él y Ricardo Fuente, antes de introducir el ataúd en el hosco agujero, decidieron “abrir la caja porque no sabíamos si estaba desnudo, si estaba vestido, porque nos lo entregaron cerrado en un féretro… me encontré con esa cosa que aún me obsesiona: el cadáver de Miguel era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos…”

Con los ojos abiertos, Miguel, unos ojos que se apagaron para siempre en aquella última prisión de Alicante; unos ojos que dejaron de mirar, según el parte médico, porque una tuberculosis minó su vida. Pero la verdad la sabemos muy bien: Miguel murió de olvido, de desidia, de venganza…, murió por no vender su alma al diablo del fascismo, por no comulgar con ruedas de tiranos, por no renunciar a la verdad…
La realidad, en toda su extensión, se ajusta únicamente a la soledad de un hombre que supo esperar, hasta el último momento, la gran promesa que fue para él la vida; una criatura atravesada por un rotundo amor hacia las cosas que vio con entera amargura cómo se vulneraban cada uno de sus sueños; un hombre generoso que no recibió mayor pago que la inclemente maza del desamor y la impiedad.

Era el año de 1942. Era un 29 de marzo que ninguno de vosotros ha querido o ha sabido olvidar. Los poetas mueren pero dejan una senda abierta para que los hombres, las mujeres, la humanidad entera la recorra. Vosotros habéis andado, moral y físicamente esa senda, y el poeta lo sabe desde ese lugar donde su amante cuerpo sueña y yace.
Han pasado 74 años de cárceles y cárceles para olvidar y no olvidar.

lustración: Boceto de Max Hierro para el libro “Mi primer libro sobre Miguel Hernández”

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