Los sueños cine son

Era difícil imaginar que él, precisamente él y aquella mirada lograrían que la humedad reinara de nuevo entre sus piernas. Hacía ya meses que no sabía lo que era el sexo y mucho más tiempo que no utilizaba la palabra amor. La vida -como una apisonadora- había borrado de sus planes cualquier intento de felicidad compartida, de rozar de nuevo otros labios, de acariciar el deseo en la piel de otro hombre. La vida, como digo, había machacado su deseo y desde hacía meses sus piernas se mantenían herméticamente cerradas, amparadas por la barrera que solo consigue el miedo.
Había quedado para comer con un viejo amigo, uno de esos que están cuando quieren pero nunca cuando se les espera. Contaba ya con suspiros el tiempo que llevaba esperando en la mesa del restaurante, dos minutos más -se decía- y al final nunca terminaba de irse. De pronto apareció, con la tremenda pasividad del que se cree imprescindible, acompañado de otro hombre con el que ella no se tardó en reconocer… Cuánto tiempo, dijeron, y cómo tú por aquí. Y la vida dio un paso al frente de difícil retorno.
Se habían conocido otras veces, como quien coincide en la cafetería y se saluda por rutina, ella aquí y él allí, en la distancia acordada por las normas sociales que rigen la indiferencia. Pero ese día fue distinto, no sabía bien por qué, pero al verlo entrar ella supo que algo había cambiado.
El camarero les sirvió lo de siempre y preguntó al nuevo acompañante, lo mismo que ella -dijo-, y le permitió retirarse con el deber cumplido. ¿Y qué es de ti? Se preguntaron mutuamente. Nada, respondieron, que la vida pasa y pasa y uno se vuelve solitario. Cómo te entiendo. Y ahí aparentemente terminó todo, aunque dame tu móvil -le dijo ella- y así te tengo localizado por si lo que sea. Bueno -dijo él- con esa falsa indiferencia. Y la comida terminó y todos se fueron a su casa.
Nadie dio importancia a las miradas, pero ellas son las que dictan el destino de las cosas. Él creyó que ella lo observaba y ella pensó que entre bocado y bocado él la espiaba por el rabillo del ojo.
De pronto, mientras ella se duchaba a media tarde el sonido del móvil la sacó repentinamente de la bañera. -Me han regalado unas entradas para una peli y si quieres te las doy para ir con alguna amiga. -Es un poco tarde para avisar, pero si me llevas voy contigo. -¿En serio? -No veo el problema. – A las nueve y media te recojo.
Y de nuevo las miradas campaban a sus anchas, dirigiéndose una y otra vez a la pantalla del móvil por temor a una retirada a tiempo. A un fracaso precoz, al desengaño estúpido que los perseguía. No era buena idea y lo sabían, pero qué hacer cuando la vida se pone así de caprichosa. Tampoco es delito soñar, pensaron y a las nueve y media empezó el juego.
Ella bajó sorprendentemente preparada. Él se había puesto camisa y zapatos. -¿Siempre te vistes así para ir al cine? -¿y tú? -Yo sí, siempre. -Claro que sí.
Y aparcaron, y se sentaron en el cine, y la película empezó. Y otra vez los ojos, esos malditos ojos, empezaron a cruzarse atravesados por la luz del proyector que revelaba una sala prácticamente vacía. Ella abrió ligeramente las piernas y la falda del vestido se tensó, recogiendo por abajo los fluidos del deseo que desde el medio día la habían perseguido. Él no se atrevió a mirar, pero tendió su mano hasta la de ella. De pronto las miradas se retiraron y mientras ambos simulaban ver la película con atención ella llevó la mano de él hasta sus muslos y la sumergió en la humedad de su sexo. Él comenzó a palpar con interés, buscando ese botón oculto, dueño de la vida y del placer. Lo acarició durante unos minutos con el mismo ritmo que ella perdía en su respiración. Todo empezaba a mojarse precipitadamente y él no tuvo más remedio que abrir su pantalón antes de que estallase. Empezó a agitar su pene con fuerza mientras observaba cómo ella se escurría de placer en su butaca. Ella se giró para mirarlo,porque la excitaba ver cómo él los hacía gozar a los dos al mismo tiempo, pero no tardó en relevarlo, y mirando a su alrededor y comprobando que nadie los observaba se agachó frente a él para meterse el pene en la boca. Durante unos minutos lo acarició de arriba a a abajo succionando el glande y jugando con la lengua de un lado a otro. Él casi se volvía loco de placer cuando ella además le bajó del todo los pantalones y comenzó a acariciarle el interior de los muslos y el ano. Controla los gemidos -le dijo ella-, y él se mordió los labios. No puedo mantener este ritmo, no puedo. Y con la mano, todavía húmeda por ella tapó su boca y la empujó despacio hacia atrás. Se agachó y la tumbó boca arriba. Levantó su falda hasta su cintura y la miró a los ojos directamente, la miró por primera vez de verdad y le dijo “ahora te la voy a meter, pero no gimas, te voy a hacer gozar, pero no grites, aunque te mueras de placer solo te dejo me mires silenciosamente y a los ojos”. Y ella obedeció y le abrió su puertas. Durante varios minutos se mordieron los labios sin apartar las miradas, y cuando al fin una lágrima de contención brotó de los ojos de ella él permitió que su cuerpo que fuese detrás, que se acompasaran los fluidos y que el calor y la humedad se adueñaran del momento y de la sala.
Luego se encendieron las luces y se giro cada uno hacia la butaca del otro. Las manos apretadas sobre sus regazos, recogieron las cosas y se dispusieron a salir de la sala. De camino al coche ella le preguntó si le había gustado la película, él le respondió que no se podía imaginar cuánto, ella susurrando le dijo, tú no sabes lo que puedo llegar a imaginar.

La soledad

Jose Luis Ferris
Jose Luis Ferris

Por

Se encontraron por pura casualidad en las escaleras mecánicas de El Corte Inglés. Él subía a la sección de caballero en busca de unos vaqueros y un cinturón que combinara con todo. Ella descendía hacia la planta baja cargada de objetos de menaje y algo de lencería aprovechando las ventajas de las rebajas de verano. El repentino encuentro les obligó a improvisar un saludo inseguro y torpe mientras se seguían con la mirada arrastrados por el mecanismo de escaleras opuestas. Él tuvo tiempo de indicarle, con un gesto, que le espera en la planta inferior y allí se vieron en apenas un minuto, en cuanto él pudo alcanzar la escalerilla de bajada y descender con aquella lentitud de las cintas transportadoras. Se besaron con una fría efusividad en la mejilla izquierda, aplicando la retórica de los encuentros imprevistos después de algunos años sin saber nada del otro; pero conforme se cruzaban preguntas de una terrible superficialidad, las miradas emprendieron la labor contraria y acabaron por delatar de una manera elocuente el deseo de saber algo más de sus vidas. Decidieron entonces caminar hasta la cafetería de la quinta planta y olvidarse de la prisa y de la urgencia que les había acuciado durante toda la jornada. Allí se acomodaron. Él se quitó la chaqueta y la colocó con inusual cuidado en el respaldo de la silla; ella dejó las bolsas junto a la mesa, en la repisa vacía que le hubo de servir, asimismo, para apoyar el codo y fingir una postura de confianza y orgullo. Pidieron un descafeinado con leche y un solo con hielo y se volvieron a mirar, esta vez con una sana insolencia y sin reparar en detalles tan frívolos como el sofocante calor de aquella tarde o los claros estragos de un cambio climático de impredecibles consecuencias.

Fue él quien se atrevió a romper el hielo al preguntarle directamente por su vida. Y ella aprovechó la audacia para decirle sin reparos que llevaba cuatro años trabajando de relaciones públicas en una empresa de gestión patrimonial, que vivía en un bungalow de El Cabo con vistas al mar y que desde hacía tres años y un mes compartía vida y casa con un promotor cultural aficionado al cine que no sólo la quería de verdad sino que se lo recordaba a diario con frases ocurrentes y tiernas. Él la escuchaba con interés, garabateando en algún momento el envoltorio del azúcar con dibujos extraños, sorbiendo muy despacio el café y mirándola de nuevo sin dejar de oírla. Después fue ella quien preguntó mientras sacaba del bolso un Fortuna Lith que abrió muy despacio y del que extrajo un cigarrillo que tardó en encender. Entonces él volvió a mirarla, esta vez apoyándose en una sonrisa que llevaba directamente a su pensamiento, a sus recuerdos, mientras le robaba un cigarrillo y ganaba tiempo para buscarse una respuesta convincente y sutil. Al final, con un leve temblor en el pulso de su mano derecha, le confesó que poco o nada había cambiado para él desde entonces. Vivía en el mismo piso que ella recordaba, seguía componiendo música y haciendo arreglos para otros, daba clases en la facultad y frecuentaba los mismos lugares de copeo nocturno que compartió con ella durante cinco años. Se cuidaba poco, eso sí. Había vuelto a fumar y bebía más de la cuenta cuando salía con los amigos. Por lo demás, seguía solo. Después de aquella experiencia en común tuvo algún encuentro esporádico con dos o tres mujeres que no llegó a prosperar debido, fundamentalmente, a su forma de ser. Se había acostumbrado a la soledad y le costaba un mundo compartir sus cosas, su espacio y su tiempo con alguien de costumbres distintas. En eso, y en el fondo, la admiraba a ella, que había tenido la suerte, la generosidad y la tolerancia necesarias para soportar una persona a su lado, para profesarle algo tan aparentemente sencillo como lealtad y amor.

Entonces ella le interrumpió acordándose de algo. Le rozó con los dedos la muñeca desnuda, lo miró fijamente y le dijo, sin alterar el semblante, algo así como que resultaba triste, acaso demasiado, que él desperdiciara de aquel modo su vida y su sonrisa; o que sus labios, tan sublimes y cálidos entonces, se perdieran en una soledad hasta cierto punto indeseada. “Besabas como nadie. Te encantaba compartir tus instantes de gloria. Me hacías oír una y otra vez tu última composición para que te diera el visto bueno, para que apaciguara tu inseguridad. Me sonreías como un dios en los malos momentos. Besabas como nadie…”, le dijo expulsando el humo hacia él, hacia sus ojos, como atrayéndole hacia sus proximidades. Y él entornó la mirada y le recordó con cierta ironía la canción de Aute, “Las cuatro y diez”, por aquello de las citas nostálgicas. Y se remitió entonces al aspecto de ella, al brillo de sus ojos, a la maravillosa cintura que seguía conservando y a esa forma de vestir de cuarentona aficionada a los tacones altos, a las medias oscuras y a los trajes de chaqueta. Le confesó en aquel momento que él tampoco había vuelto a probar unos labios como los suyos y en el fondo, muy en el fondo, acabó preguntándose por qué lo habían dejado, por qué, después de aquellos años de tanta confianza, de tan probada ternura, abandonaron una historia que se prometía interminable. La miró de nuevo y apunto estuvo de levantarse y de besarla allí mismo como si nada hubiera pasado, pero en aquel instante ella guardó en el bolso el paquete de cigarrillos y se incorporó con ánimo de marcharse.

“Cuídate” le dijo a unos centímetros de su cara, antes de rozarle la mejilla con sus labios por última vez, susurrándole al oído. “Y deja de fumar. Es una prueba inequívoca de los poco que te quieres”. Se marchó sin darle tiempo a proponerle otra aventura. Y él se quedó todavía unos minutos apurando el penúltimo sorbo de café mientras escuchaba por la megafonía interna una canción de Malú tan tortuosa y desesperada como su ánimo, como una nueva derrota o como el simple recordatorio de que su soledad era insalvable, de que su inmadurez era un estado, una forma de vida diametralmente opuesta a la felicidad.

Violetas de febrero

A propósito de la polémica sobre la violencia de género, dejo este relato de José Luis Ferris, que es el primero de dos enlazados. El próximo viernes pondré la segunda parte.

 

Violetas de febrero

Se conocieron en febrero del 2007. Lourdes salía del ambulatorio tras una noche de guardia y él entraba por la puerta principal con su maletín de visitador médico. Se miraron y, a las pocas semanas, comenzaron un noviazgo llenito de promesas. Roberto Hurtado Jiménez, alias el frío, se lo dijo sin más, con un ramillete de violetas que depositó sobre sus manos y un propósito firme: «Mi destino es el tuyo. Lo nuestro es para siempre». A ella le gustó y le devolvió el gesto con un beso húmedo en mitad de una boca con sabor a hielo y perdición. Se casaron en mayo del 2009 y rubricaron el deseo: «Juntos y unidos hasta que la muerte nos separe». También entonces se besaron. Cinco meses más tarde, después del desayuno, recibió unas violetas. La discusión del día anterior había acabado con un golpe en la frente, pero Roberto no era él, eso decía, y Lourdes le perdonó el despropósito colocando el ramito en un búcaro dorado. Fue un año después, a poco de nacer Rosalía, cuando se llenó el salón de cientos de violetas. Las trajeron en dos cestas de mimbre atravesadas por un lazo morado. La noche anterior la había sacado de la cama arrastrándola sin más. Una sola patada en la boca del estómago y el fuego de su puño en la ceja derecha. Después cayó el silencio. Él se inclino a sus pies como chacal muy dócil, sin derramar una lágrima, fingiéndose piadoso de sí mismo, amparándose cínicamente en le culpa. Por eso también le perdonó y pensó que la vida a veces no era noble. Con los años, el miedo la volvió vulnerable pero siguió creyendo en el aroma sutil de las violetas. Cuando el filo de un cuchillo le dibujó en la garganta su rastro de hielo cogió a la pequeña y denunció la amenaza. Aquella misma tarde, cinco empleados de Interflora llenaron la habitación del Hospital General de ramos encendidos, de violetas infinitas. Ella lloró toda la noche y se sintió absurdamente culpable. Dudó durante horas, durante días y semanas. Más tarde retiró la denuncia y regresó con él. Se amaron alguna noche. Hicieron fuego del pasado y cambiaron de casa. Él, con el rostro imperturbable, sin apenas arrugas, le fue recordando la promesa primera, «No lo olvides, mi destino es el tuyo. Hasta la muerte eres mía». Pero el sabor de las palabras no era el mismo de entonces.

Hace sólo unas semanas que ella no piensa en él. Duerme sin sueño. Sobre el mármol que la oculta alguien deja violetas cada tarde que pasa.