Realidad y deseo 2.

Para los que siguieron el relato de Platón. Dejo otro de aquellos capítulos sueltos que formaban parte de mis reflexiones.

A veces me pregunto si la vida realmente está escrita. No hablo del destino, sino a algo más terrenal. Tengo la sensación de estar acechada por un equipo de guionistas que escriben un capítulo cada semana. Que trabajan en mi evolución como si fuera el personaje de una película de Woody Allen y que ponen y quitan elementos o personas según dicte la audiencia. Quizá todo esto suene a delirio pero es una forma de expresar metafóricamente la ironía de la vida. A veces estos guionistas se quedan sin ideas y recuperan viejas temporadas, te devuelven a circunstancias olvidadas o te sumergen en el colmo del absurdo.

Quizá estén influidos por el primer teatro de Arrabal. Me acuerdo ahora de aquellos personajes de PIC NIC que comían en un campo situado entre los dos bandos de la guerra. Un grupo de personajes inocentes; un matrimonio, su hijo y un soldado se ven en medio de un ir y venir de ataques llegando a la conclusión de que nadie desea la guerra y que por tanto esta no tiene sentido. La realidad se impone en este caso al deseo como se impone fuera de la obra. La inocencia no sirvió más que para reír al principio y llorar después.

Todo esto venía escribiéndolo en el avión. Los últimos días tomé un breve pero intenso “break” en el que me he sentido protagonista de Pic Nic. Los móviles para bien o para mal no te mantienen precisamente alejado de la realidad a pesar de que tu viaje sea al paraíso. La lluvia de whatsapps maldiciendo mi ausencia por tomarme unos días de libertad, la pelea constante entre mi madre y mi hermano empeñándose en hacer partícipe al grupo familiar (abuela whatsappera incluida) mediante mensajitos constantes e hirientes, y los amigos bordes recalcando su habilidad para no mantenerse al margen de tus decisiones me han hecho sentir en medio de esa guerra, tratando de ignorar o reinterpretar los acontecimientos y ser vencida al final por la vuelta a la realidad. Hace tiempo que trato de asumir esa actitud ignorante hacia lo que me ocurre día a día , de ridiculizarlo mediante la ironía o en sarcasmo con tal de que no se acerque lo suficiente como para causarme dolor. Dejé de intentar justificarme ante los demás para hacer hueco a mis propios reproches.

77c205d2dd65841ba9f50c081c19ffeaMe pregunto si hay lugar para el amor cuando te distancias de la vida. Me temo que es una emoción demasiado placentera y dolorosa a la vez como para caber en el poco espacio que le dejamos. Pero al fin y al cabo ¿qué es el amor? Una liberación de neuroquímicos que amenazan tu serenidad… y eso es justo lo que trato de evitar. Recuerdo la intensidad de los amores adolescentes, amores que tienes que vivir para madurar pero no son mas que una cruel venganza de la naturaleza. Te duele no verlo, te duele verlo, te duele que no te escriba, te duele que te escriba, te duele todo. Te despista, te hace suspender, te quita el sueño, te produce taquicardias, te hace llorar y eso en el mejor de los casos, que es cuando es correspondido. Cuando no lo es es mucho peor. El amor no correspondido es un riesgo para la salud y más todavía en un adolescente. Se desparraman las hormonas del estrés en la sangre como si no hubiera un mañana, la desgana y la apatía te invaden y el sistema inmune te dice adiós sin piedad. Hay una película española titulada “El amor perjudica seriamente la salud” y no me parece un chiste de título, creo que está muy acertado. Todo los días muere gente por amor, igual que mucha gente muere de tristeza y generalmente esa tristeza es producida por la falta de amor, así que la causa final siempre es la misma. Con los años crees que aprendes a vivir el amor de otra manera, que sabes controlarlo para no perder la cabeza, pero eso no es mejor. Tampoco es verdad que aprendamos a controlarlo, simplemente nos volvemos más exigentes con la edad y no nos dejamos llevar por las emociones por miedo al fracaso o a la decepción, censuramos al amor igual que a la creatividad. Siempre por miedo. Por eso Platón existe en mis sueños, porque al fin al cabo si pierdes el control puedes escapar a la tibieza de la realidad.

Realidad y deseo (prueba)

Este texto está extraído de una historia de veinte capítulos. Parte de la historia se destruyó pero he encontrado este fragmento en un viejo e-mail. No deja de tener su punto bohemio el asunto. Aquí lo dejo, para los que no salgáis hoy de fiesta, que seréis pocos.

La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.
Luis Cernuda

Siete, capítulo siete. El siete es mi número favorito. Cuando iba al colegio era el número veintisiete en la lista de clase. Luego en la universidad era el ciento veintisiete, curioso. La matrícula del coche de mi madre tenía dos sietes y yo vivía en el número siete. Es una tontería que estaba pensando a raíz de poner el número del capítulo. Siempre ha sido mi número favorito y no me había parado a pensar el por qué. Todo lo que he dicho excepto lo de la universidad es anterior a mi décimo cumpleaños, cuando todavía mi padre vivía en mi casa. El momento en el que se produjo aquella ruptura matrimonial mi vida se quedó partida en dos y yo tenía la sensación de estar en el centro de ambas partes. Cuando tu infancia tiene un revés de este tipo los adultos no llegan a comprender el dramatismo de la situación; custodia, régimen de visitas y pensión alimenticia son palabras nuevas que se incorporan al vocabulario del día a día y que no terminas de entender. El horario del colegio añade una cuadrícula más para los miércoles de cinco a ocho que se llama papá y las noches nunca vuelven a ser igual de tranquilas. Yo recuerdo sentir que estaba en medio de la nada sin saber hacia dónde mirar. En el colegio siempre enfermaba de la barriga para que llamaran a mi padre y que viniera a por mí. Me preguntaban “¿otra vez mala? Siempre estás igual” pero es que la situación no cambiaba y lo que ellos no entendían era que lo que se me había indigestado era precisamente la vida.

Recuerdo que trataba de tender un puente entre las dos partes. Los dos hemisferios opuestos en los que tenía que moverme puente2al son de las normas que había pactado algún abogado o alguna ley sin corazón. Pero no era fácil. Tensaba el puente y quería correr hacia un lado u otro pero el peso de la culpa y el vértigo de las posibles consecuencias no me dejaban mover los pies, porque sentía que mi lugar era ese centro, esa nada que no me daba derecho a opinar.

Yo me he separado ahora porque no tengo hijos y porque sé que tarde o temprano iba a hacerlo. Mejor pronto que tarde. Una vez le preguntamos a mi padre que por qué razón se había separado, su respuesta fue clara “era una serie de incompatibilidades anunciadas”. Exactamente igual que mi última relación. No sé si es porque tengo la necesidad de analizar cada aspecto de la pareja y soy demasiado exigente o quizá simplemente incompatible con las relaciones estables. Demasiadas decepciones en pocos años. Es posible que por eso apareciera Platón.

Después de aquel e-mail misterioso y de investigar al tal Ricardo Mezquida traté de olvidarme de todo, pero era imposible. Es como cuando te dicen “no pienses en elefantes rosas” y te imaginas un elefante rosa. Ahora acabo de imaginarme un elefante rosa. El cerebro es un borde pero si eres inteligente puedes usar esa bordería contra él. Yo uso esa técnica cuando tengo insomnio y pienso “no me debo dormir”, la tercera vez que lo repito bostezo.

Cuando tratas de bloquear un pensamiento durante el día o distraerte lo más probable es que aparezca por la noche. Cuando el corazón baja la guardia y nadie puede salvarte de tu inconsciente. Ya era abril, primavera, hormonas y mucho mucho sueño. Era el momento perfecto para reencontrarse con Platón y sucumbir a su historia.

Volvió a aparecer. Vino a verme al trabajo, apareció allí como si nada. Tan perfecto, tan sereno. A veces no comprendo cómo puede pasear por la calle ante la indiferencia de los demás. Su cara era muy expresiva, dejaba ver una sonrisa de satisfacción y sus brazos me rodearon y silenciaron la ciudad que, por un instante, dejó de existir. Lo malo de los sueños es que la intensidad de las emociones es incontrolable.

Allí estaba, sentado en el aula mientras yo trabajaba con un muchacho. Alternando su mirada entre la ventana y la clase, tratando de no intimidar. Me preguntó si quería que me esperase en otro lugar, pero no quería perderlo de vista, tenía miedo a despertar entonces y que de nuevo hubiera desaparecido.

Acabó la clase y me preguntó si me dejaría llevar. Accedí ansiosa por la curiosidad que me producía aquel individuo del que no sabría adivinar ni la edad ni el pasado.

El sitio es lo de menos, dijo. Entonces subimos a un coche y paramos en un lugar tranquilo. -Por ahora está controlado, solo quiero hablar contigo- dijo.

Por la noche sus ojos no eran tan intensos, la pupila dilatada no dejaba apreciar el color, pero yo recordaba bien ese verde grisáceo. Sus labios eran gruesos, rosados y pequeños. Llevaba una camisa algo desabrochada, un vaquero y unas zapatillas. Me gustaba su forma de vestir, de hablar, de mirar… una no es de piedra.

Resultó ser un personaje curioso, de los que puedes tomar por loco de no valorar en su justa medida las palabras que utilizaba. La vida también lo había golpeado muchas veces y ahora estaba solo. ¿Cómo podía epareja playastar solo semejante ejemplar del ser humano? Seguía necesitando saber por qué razón estábamos allí sentados, es decir, él allí, conmigo, ¿por qué yo? Pero no quería dejar de escucharle e interrumpir su historia con preguntas cuyas respuestas en el fondo me importaban un bledo. Por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba donde debía estar.

Fue entonces cuando llegó el momento más complicado, iba a sonar el despertador. Él cogió el coche y me llevó de vuelta a casa, donde debía despertar en tan solo unos segundos. Justo en ese momento, cuando me fui a despedir con un abrazo sus labios se detuvieron en los míos.

Cuídate pequeña, nos vamos a ver pronto.

Y entonces abrí los ojos.