Algo cambió mi vida

Cuando tenía 13 o 14 años sufrí en mi espalda un pequeño accidente hospitalario. Fue una de esas veces en las que vas a que te curen y te vuelves peor. El caso es que gracias a una doctora, que no citaré porque me consta que sigue en activo, me pasé cerca de mes y medio con la prohibición de mover la espalda y, por tanto, de salir de la cama. En el transcurso de, lo llamaré así, mi retiro espiritual, sucedió algo que no podía preveer y que cambiaría mi vida para siempre. Sé que te mueres por saberlo, baja al siguiente párrafo.

Cuando tenía 13 o 14 años viví una experiencia increíble. Fue una de esas veces en las que alguien aparece en tu vida por casualidad y te sorprendes deseando que no se vaya nunca. El caso es que, gracias a él, me pasé cerca de un mes y medio, a pesar de una circunstancias de mal pronóstico para mi salud, riéndome sin parar. En el transcurso de ese mes y medio, en el que por una negligencia médica había perdido la movilidad de pecho para abajo, sucedió algo que cambiaría mi vida para siempre. Sé que te mueres por saberlo, baja al siguiente párrafo.

Cómo cambia la vida según la contemos. No deja de sorprenderme el poder del lenguaje.
Cuando tenía 13 o 14 años me trajeron al hospital un DVD de Les Luthiers que se titulaba Humor Dulce Hogar y fue el primer regalo que me hizo Antonio. Seguramente, si cualquiera de vosotros empezase una relación con una señora cuya hija está entrando en la adolescencia no pensaría nunca en ese regalo, pero él sí, sin subestimar mi sentido del humor ni mi capacidad para comprender esas bromas ligüísticas en el espectáculo con mayor valor político del grupo argentino, se convirtió en mi cómplice.

Les Luthiers han sido y serán una referencia en mi vida, la señal de un punto de inflexión en el que todo cambió para siempre. Pero sobre todo han sido mi recurso en los peores momentos y el mejor regalo de los que me han querido. Esta semana han sido Premio Princesa de Asturias y Antonio ya no está aquí para celebrarlo conmigo, pero el próximo 22 de septiembre estarán en Madrid y es posible que alguien que lea este post – y aquí disparo varias balas- vuelva a hacerme el mejor de los regalos de cumpleaños. Porque para bien o para mal, ellos, y en el fondo Antonio, me enseñaron a contar la vida de la forma más bonita.

Fin del mundo

Ahora que han anunciado que Axl Rose será el nuevo cantante de ACDC tenemos la certeza, bueno mejor

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Eduardo Boix

dicho, tengo la certeza de que el fin del mundo se aproxima. Ya escucho las trompetas del cielo y la bestia ha comenzado a retorcerse en su tumba. Esta nefasta noticia a mas de uno nos ha jodido la existencia. Al menos nos quedará la discografía de esta banda. Que lo grabado permanece y podremos disfrutar de aquellas canciones sin el sacrilegio del que vamos a ser testigos.

En unos días comenzará la feria del libro de Alicante. Bajo a la ciudad de la luz escuchando highway to hell, aquel temazo me hace camine cada vez más deprisa. Intento disimular las lágrimas, van a destrozar himnos que me han levantado mil y una vez de la lona. Paseo por Alicante y me siento feliz de formar parte, otro año más, de la feria que congrega a editores, autores y lectores en Federico Soto. Los libros invadirán la ciudad durante unos días y seremos testigos de charlas, talleres y firmas. Es el único momento en el que el autor y el lector dialogan fuera de las trincheras del libro.

Me siento afortunado de formar parte de esa feria, como de tantas otras en las que he participado, pero Alicante tiene algo especial. La capital, yo habito en la ciudad de Elche, es la enfermedad de mi infancia. Todos los médicos a los que me llevaba mi madre estaban en Alicante, así pasé mi infancia visitando la ciudad y a sus médicos. Ir a la feria a firmar o como conferenciante es la recompensa de aquellos años, donde la fiebre y el dolor fueron constantes, donde mi vida colgaba del hilo de la penicilina.

El hombre bueno

Si le preguntan a mi madre qué era su marido, ella responde “él era un hombre bueno”. Yo nunca se lo he

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Kate B

preguntado, como podrán comprender, pero he presenciado la conversación. De él se pueden decir muchas cosas, y más ahora que no está, pero ninguna mala -salvo un poco de mal genio los últimos años-; él era profesor, era filólogo, era traductor, era director de un colegio, era arqueólogo, era historiador, era especialista en arte, era poeta y hasta cura renegado. Padre de una hija natural y otros cuatro acogidos, pero esencialmente era un hombre bueno y eso no se le puede discutir a mi madre.

Yo lo conocí en dos mil dos, hacía pocos meses que habían instalado internet en casa y nos peleábamos por el ordenador cuando el reloj marcaba las seis.

-Esto es como cuando yo era pequeña -decía mi madre- y escribía a gente que dejaba su dirección en la radio o las revistas- se refería a gente a la que no conoció nunca pero de la que esperó con ansias una respuesta por carta y una foto que de vez en cuando sí llegaba -Solo que es inmediato, puedes conocer a cualquiera de cualquier parte del mundo y hablar como si estuvieran al lado-. Lo decía con la cara iluminada, como una niña a la que le acaban de presentar el mejor truco de magia imaginable. Pero lo cierto es que ella tenía toda la razón y yo tenía doce años y mucha curiosidad.

Descubrí un chat que se llamaba “el cafelito” dentro de la plataforma de Inicia y mi madre me copió la idea. -Venga, ya es hora de que te duches y cenes- me decía, y yo pensaba para mí -ya, de lo que es hora es de que te quedes tú el ordenador- era fiebre lo que teníamos por la novedad, como si en el fondo, las dos esperásemos que algo en nuestra rutina cambiase gracias a ella. Poco después descubrí el Messenger, me abrí una cuenta y esa fue la razón por la que dejé de lado a los desconocidos. Pero mi madre no, ella siguió cada noche 11081398_1598392660405810_224554783616013107_nentrando al cafelito y quitándose horas de descanso, navengando entre incógnitas y desvelando sueños con historias de amor que más tarde confesaría. Siempre imaginaba que si hubiera sido real ella hubiera abierto la puerta de un café victoriano y entre la mirada de decenas de personas sentadas solas en una mesa con una taza vacía y una cafetera recién preparada se hubiera quitado una gabardina beige, la hubiera colgado en una percha de pie reservada para ella y hubiera oteado en horizonte decidiendo quién sería el afortunado que intercambiaría con ella, -esa misma noche- las más bellas historias que uno inventa cuando quiere enamorar. Y me dormía con esa imagen de la mujer que por aquel entonces y todavía ahora y cada vez más, cubre mis frentes de admiración.

Volví una tarde del colegio y mientras merendaba esperando que dieran las seis para cortar el teléfono y pulsar el botón de encendido del ordenador y del router iba preparando mis apuntes de historia. Porque yo me sentaba frente a la pantalla a estudiar, deseando que de pronto una ventana emergente se abriera y alguien decidiese iniciar conmigo una conversación que sacara mi cabeza de los libros y me hiciese olvidar, aunque fuese un rato, mis dificultades para establecer relaciones de amistad. Pero dieron las seis, y al conectar MI chat con MIS contactos encontré un nick nuevo. No recordaba haber añadido a nadie las últimas semanas y como las paredes de mi casa y el anonimato me ofrecían cierta seguridad me lancé a preguntar quién era el ínclito y a qué se debía su presencia en mis redes de contactos.1908062_1595705753989945_5429807332161093663_n

-Perdona, pero no sé quién eres.

-Nereida, soy yo, cuando nos despedimos anoche me mandaste tu solicitud en este chat- Y fue fácil atar cabos, puesto que Nereida era el nombre en clave de mi madre cuando se convertía en la mujer de la gabardina y él -un tal Julio42-, deduje, sería el afortunado de la noche anterior.

-Supongo que hablas de mi madre, ella no tiene messenger y ha debido meterte en el mío.

-Vaya, siento la invasión.

-No importa, pero tengo que estudiar así que cierro esto. Mi madre se conectará por la noche supongo.- dije, sin tratar de alargar una conversación que obviamente no me correspondía.

-¿Cuántos años tienes?- Me preguntó, y yo pensé que ya me utilizaba para sacar información sobre mi madre. ¿Le habría dicho ella la verdad? Que tenía dos hijos y que éramos totalmente dependientes de ella todavía. Quizá ni siquiera le había dicho que los tuviera y le había fastidiado el ligue. Probablemente al decir mi edad él bloquease directamente la comunicación y se dedicase a buscar otra ninfa que le siguiera el juego y con la que pudiera soñar con compartir la intimidad que te permite ser un adulto libre de cargas. No respondí y me puse a leer mis apuntes sobre la llegada de los españoles a América. Así pasó cerca de una hora y de pronto volvió a sonar el aviso del chat. ¿Sería Marc? Ojalá fuera Marc. Me dio tiempo a pensar mientras levantaba la mirada hacia la pantalla. Pero no lo era. De nuevo el enigmático Julio42 me invadía como Américo Vespuccio a los nativos americanos.

-Perdona, igual te he asustado, supongo que estarás estudiando, si necesitas ayuda solo dímelo, estaré por aquí- No pude evitar responder a eso.

-¿Ayuda?- dije, pensando que o estaba tanteando o sabía más de lo que yo había supuesto.

-Si, yo soy profesor de letras, si tienes alguna duda puedes preguntar.

-Vale, Julio, gracias.- Respondí de nuevo cortando comunicación y cerrando la ventana del chat, que de una vez más se abrió.

-Mi nombre real no es Julio.

Justo en ese momento en el que se abría el chat por tercera vez se abrió también la puerta de casa, dejando entrar a mi madre y mi hermano directamente en el salón. Y mientras mi hermano, en un arrebato de euforia me enseñaba el donut que mi madre le había comprado a él y no a mí, escuche la voz de la mujer de la gabardina desde la puerta, que mirando la pantalla dijo -Veo que ya has conocido a Antonio-.