LA JUVENTUD –YOUTH- (2015)

Por Luis López Belda

LA GRAN BELLEZA DE LA VEJEZ, LA FRUSTRACION Y LA REDENCION

Calificación: 3,5/5

Paolo Sorrentino, el director de ese placer estético llamado La gran belleza mantiene el pulso en su nuevo film y, conservando el alto nivel de éxtasis visual, se adentra en senderos narrativos bastante diferentes pero complementarios con los de su anterior e inolvidable obra. Si en aquel film ganador del Oscar reflexionaba sobre la decadencia de la ciudad eterna y, por extensión, de toda una cultura y una forma de ver la vida esencialmente mediterránea, aquí su foco de interés es bien diferente. Su bisturí nada indoloro con el alma se centra en tipos anglosajones y las preocupaciones discurren por los terrenos de la decrepitud, la frustración, las oportunidades perdidas, la redención, la dificultad de conciliación de carrera profesional y vida personal, el perdón, la reconciliación con los errores del pasado, la inevitable desconexión con el progreso imparable que se lleva por delante la educación sentimental y la cultura popular de generaciones enteras…

Youth-1-e1432217131429Esta amplitud de temas e inquietudes lleva obviamente a la dispersión y a la ambición desmedida y, por tanto, los detractores del italiano tienen espacio de sobra para defenestrarlo. No sólo se le puede achacar un exceso de ambición sino también algunos pueden ver toneladas de pedantería. Si no se entra en la propuesta del director italiano más destacable del cine actual, el film puede resultar aburrido, hueco y pedante. Sin embargo, y en mi caso, disfrute enormemente de la propuesta por su riesgo, su belleza, su nulo temor a tratar temas incomodos sobre las relaciones personales y sentimentales.

De esta manera Sorrentino me atrapó desde el primer minuto gracias también a un perfecto ritmo interno coherente con lo que se está contando, unas prodigiosas interpretaciones (recomendable verla en versión original) y un inteligente uso del lenguaje cinematográfico. Sólo algunos bajones de ritmo y ciertas escenas prescindibles alejan al film de la excelencia.

FICHA ARTISTICA Y SINOPSIS

Italia-Suiza-Francia-Reino Unido, 2015.- 121 minutos.- Director: Paolo Sorrentino.- Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Tom Lipinski, Poppy Corby-Tuech, Madalina Diana Ghenea.- DRAMA.- Fred Ballinger, un gran director de orquesta, pasa unas vacaciones en un hotel de los Alpes con su hija Lena y su amigo Mick, un director de cine al que le cuesta acabar su última película. Fred hace tiempo que ha renunciado a su carrera musical, pero hay alguien que quiere que vuelva a trabajar; desde Londres llega un emisario de la reina Isabel, que debe convencerlo para dirigir un concierto en el Palacio de Buckingham, con motivo del cumpleaños del príncipe Felipe.

Estoy seguro de que hay un eslabón, un pasadizo secreto e invisible que une el sueño con la realidad y de que, en el fondo, todos llevamos una doble existencia. Es más, me parece que todos tenemos otra vida al otro lado de la noche, una vida con su código y sus leyes, con las mismas emociones y las mismas tragedias que en esta otra a la que llamamos real; y que esas experiencias nocturnas nos marcan de igual modo y para siempre.

JLF

A propósito de la memoria

Una nueva mañana. Al entrar los primeros rayos de sol por las rendijas de las persianas, abriste los ojos. Larga noche de pesadillas. Estabas sudando. Una sensación de extrañeza invadía tu cuerpo…y te incorporaste. ¿De quién es esta cama? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Te decías. Y ahí estabas: frágil y solo.

Te levantaste descalzo. El frío del suelo trepaba por tus pies. Buscaste algo para calzarlos, para darles el calor que todo tú necesitabas. Frente a ti, dos trozos de felpa descansaban sobre el mármol. Qué desorden, pensaste. Sin embargo, eran perfectos para caminar, azarosamente útiles dado que su tamaño y su corte se ajustaban a tu anatomía. Te dirigiste a la puerta que presumías cerrada. ¿Qué otro sentido podrías concederle a aquella especie celda completamente extraña para ti? Trataste de abrir con fuerza, y lo lograste. La puerta se rindió ante tus viejos músculos de deportista, ante tu firme necesidad de libertad.

Caminaste buscando un baño. Por el pasillo te cruzaste con una mujer que te dio los buenos días y te regaló una sonrisa. Le diste la tuya por respuesta. La educación es lo primero, decía tu madre. Y qué bien lo recordabas ahora. “Buenos días –dijiste–, ¿el baño, por favor?”. Ella te besó con suavidad en la mejilla, lanzó una nueva sonrisa y siguió caminando. No entendiste nada. Llegaste a una puerta de cristal translúcido y probaste suerte. También se abrió. Te acercaste al lavabo para refrescarte la cara y te miraste al espejo. Era la mirada perdida y triste de un viejo. Te asustaste. Tocaste tu piel como si palparas, con miedo, una máscara. Pensaste en una pesadilla, pero te equivocabas de nuevo. De nuevo sucumbías. Tu pesadilla era tan real como la vida y, aunque te pellizcabas una y otra vez, con más empeño si cabe, no lograste despertar.

Pasaron las horas, los días… y cada noche regresabas, guiado por un impulso ciego, misterioso, a esa oscura habitación del final del pasillo. Apenas dormías buscando respuestas. Te volviste huraño y taciturno. La mujer con la que te cruzabas con nocturna frecuencia empezaba a cambiar su sonrisa por un gesto de turbación. “Todo está bien”, respondías, tratando de ganar tiempo, de no levantar sospechas, mientras buscabas un sentido a aquel encierro absurdo e injustificado. Convenía no decir nada. Ella te conocía bien, te llamaba por tu nombre y te abrazaba con cierta ternura en el sofá. Al fin y al cabo, si debíais permanecer encerrados por algún motivo, era preferible entre aquellas paredes.

Pediste un álbum de fotos de los que se vislumbraba en la última leja del mueble del salón. La mujer cogió una silla y se subió para alcanzarlos. Bajó tres de ellos y te los dejó sobre la mesa. Le diste las gracias y la besaste para seguir con tu mentira. Puede que todo se debiera a un golpe en la cabeza, a una caída de la cama en pleno sueño, en plena noche. Eso pensaste. Por eso resultaba conveniente ojear aquellas fotografías. Te ayudarían a comprender, quizá a recordar.

Era verdad, te conocían. Ese de las fotos eras tú, el del álbum, el que celebraba su boda con la mujer que ahora, más vieja pero igual de atractiva, te saludaba en el pasillo, se abrazaba a tu cuerpo en el sofá y te hacía el café con la porción exacta de leche y una pastilla de sacarina. Eras tú el que besaba al bebé que, según todos los indicios, debía de ser tu hija. Pero tú no tenías recuerdos de nada. “¿Dónde están?”. Te preguntaste.

Qué desalentador resultó buscar en las cajas de la memoria y no encontrar absolutamente nada. Revolviste el desván de tu mente, repleto de espacios que habías ido llenando a lo largo de tu vida y que ahora estaban vacíos. Todo se había extraviado. Y en un momento de lucidez recordaste que a tu madre le ocurrió algo semejante. No pudiste evitar sentir pena, aflicción por ti mismo, que, lentamente, habías perdido aquello que te hizo feliz, lo que te convirtió en lo que llegaste a ser. Y pena por aquellos a los que un día amaste.

Cerraste los álbumes como quien cierra una ventana hacia la vida. Te aproximaste a ella, tu mujer, que con los ojos empapados te miraba, comprensiva, desde el sofá. La besaste con adorable lentitud. Le dijiste al oído algo así como “te amo, espero tú no lo olvides nunca”. Te sonrió y cerraste los ojos, balbuciendo algo parecido a una plegaria, tratando de retener su imagen bajo los párpados. Regresaste a la habitación. Te metiste en la cama como cada noche y comenzaste a llorar tu propia muerte. Morir en paz fue tu modo de querer por última vez a los que te amaron. Aquellos que hasta hoy, casi dos años después de aquel angustioso despertar, entre flores y llantos, no fueron conscientes de que tú, hacía ya mucho, que los habías abandonado.

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